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TOOAH: Capitulo 08 - Las Pantimedias no son una Enfermedad

 
 
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TOOAH: Capitulo 08 - Las Pantimedias no son una Enfermedad

A la mañana siguiente Ichigo se despertó algo tarde a lo que había planeado. Aquél día se suponía que debía ir a la universidad, pero aún no podía ir pues había quedado en recoger a Orihime, e ir juntos de vuelta al templo de la familia de Kagome. De seguro Urahara y Yoruichi ya estarían allí cuando Ichigo y Orihime llegaran, por lo que Ichigo se levantó de inmediato, se vistió y salió rumbo al departamento de Orihime, donde ella lo estaba esperando lista y arreglada. Ella vestía una blusa blanca con los brazos descubiertos, una chaqueta negra encima y una corta falda negra. Y también lo tenía todo dispuesto para desayunar en cuanto Ichigo llegó a su departamento. Desayunaron juntos y luego de ello ambos fueron en tren otra vez hasta el templo Higurashi.

Como Ichigo lo había previsto, allí ya estaban Urahara y Yoruichi, que seguía en su forma de gato. Inuyasha los esperaba vestido con su atuendo rojo de siempre. ¿Es que no se lo quitaba nunca? Y Kagome ya no vestía su traje de Miko, sino un vestido amarillo de una pieza, corto hasta varios centímetros por encima de las rodillas y que le quedaba muy bien. Urahara les estaba hablando a ella y a Inuyasha cuando Ichigo y Orihime terminaron de subir por las interminables gradas del templo, y se detuvo cuando los vio llegar para saludarlos.

—¡Buenos días! —los saludó con energía.

—¡Buenos días, Urahara-san, Yoruichi-san! —Orihime le devolvió el saludo alegremente. E Inuyasha y Kagome se sorprendieron que Orihime saludara a alguien más, pues ellos sólo podían ver a Urahara y al gato. ¿Acaso Orihime le estaba saludando al gato? —¡Buenos días Kagome-chan, Inuyasha! —los saludó luego Orihime con el mismo entusiasmo.

—Yo —dijo Ichigo simplemente, para todos cuando llegó con ellos.

—Buenos días, Orihime-chan. Ichigo-kun —le respondió Kagome con educación y sonriente. Inuyasha sólo asintió con la cabeza y miró a otro lado.

—Ya estamos todos —Urahara comenzó a contarles su plan a grandes rasgos a Orihime e Ichigo—. Les estaba diciendo a Inuyasha-san y a Higurashi-san que ahora haremos un viaje en tren no muy largo. A un distrito de Tokyo que está algo alejado de aquí. Allí tengo una vieja base de operaciones, donde confío que podremos comenzar el trabajo.

—¿Ya desayunaron? —les pregunto Kagome a Orihime e Ichigo, luego que estos asintieran al plan de Urahara—. Podemos…

—Vinimos desayunando. No te preocupes Kagome —le respondió Ichigo, mientras Orihime asentía.

—¿Acaso los cuatro locos de ayer no vienen con nosotros? —preguntó Inuyasha, mirando alrededor y esperando ver a Hitsugaya o a alguno de ellos.

—Es posible que nos alcancen allá —indicó Urahara—. Tienen muchas cosas que hacer en la Sociedad de Almas.

Los seis bajaron por las largas gradas del templo y fueron a la estación de trenes más cercana. Inuyasha se preguntaba por qué demonios no iban a pie al sitio al que iban que estaba tan lejos, pero a él y a Ichigo les resultaría más rápido ir así si llevaban a Kagome y Orihime en sus espaldas. Y así lo hizo notar.

—Es que no queremos llamar la atención de nadie en una mañana normal en Tokyo. Si ven a tres personas dando saltos por el aire definitivamente llamaría la atención ¿No? —respondió Urahara mientras seguían caminando hacia la estación.

—¿Y ahora quieren que me meta a las entrañas de ese gusano metálico gigante? —preguntó Inuyasha. Aun recordaba que Kagome se había metido varias veces en el interior de esa cosa que ella llamaba tren, como gran parte de las personas de esa era.

—No es un gusano gigante, Inuyasha —le dijo Kagome con paciencia y riendo con la ocurrencia—. ¡Es un tren! Ah, espera… —y ella sacó de su bolso una tela mediana y de color blanco y se la puso en la cabeza a Inuyasha, tapándole las orejas de perro al amarrarla—. Con esto no creerán que haces cosplay o algo peor.

—Bien pensado —la secundó Ichigo, viendo con los demás el resultado. A Inuyasha le sentaba bien la tela que Kagome le había puesto en la cabeza. A pesar de su atuendo y el color inusual en su larguísimo cabello era difícil de creer que debajo de la tela en su cabeza él tuviese orejas de perro—. Parece que ya has hecho esto antes, Kagome.

—Hemos salido algunas veces —reconoció Kagome, sonriendo con nostalgia de aquellas veces hacía tres años.

En la estación compraron un ticket para Inuyasha, mientras que Kagome, Orihime, Ichigo y Urahara deslizaban sus celulares sobre el detector. Inuyasha miraba a su alrededor mientras caminaban por la estación, detectando muchísimos olores de todo tipo: desde deliciosamente dulces hasta horribles olores corporales de todas esas personas yendo y viniendo por allí. Las paredes estaban forradas con caras enormes de mujeres jóvenes, sonrientes y vestidas de manera extraña. Era todo muy extraño para él. Inuyasha no veía con agrado tantas cosas que no entendía, pero no dijo nada mientras se acercaban a aquella cosa que los demás llamaban tren para subirse. Y estaba reacio a subirse a las tripas de aquella cosa que no tardaría en partir. Los otros lo instaron a hacerlo, pero ni siquiera entre Kagome y Orihime podían jalarlo hacia adentro.

—Inuyasha… ¡el tren nos va a dejar! —jadeó Kagome jalándolo de las largas mangas de su túnica…

—¡Tienes que… subir! —Orihime tampoco tenía más suerte empujándolo por su espalda. Ambas lo estaban jalando con todas sus fuerzas hacia la puerta que se deslizaba sola y que en cualquier momento se cerraría, pero Inuyasha no se movía.

—Creo que no. Prefiero ir corriendo detrás de esta cosa.

—Por favor señor, no sea tan caprichoso y suba —dijo de pronto alguien con una dulce voz.

Al mirarla, vieron que se trataba de una chica con cabello castaño, largo hasta la cintura, y claros ojos castaños. Vestía un traje de color azul oscuro con eso que Kagome llamaba falda hasta arriba de las rodillas, que eran, junto al resto de sus piernas, de un color diferente a su piel según notó Inuyasha. ¿Estaría enferma de algo en sus piernas? Por debajo del traje azul llevaba otra prenda blanca hasta las muñecas y una tela negra colgándole del cuello. A pesar de su aspecto las demás personas la veían con normalidad. Y el mismo Inuyasha notó que ella parecía amable, vivaz y contenta, sólo con ver la expresión amable en su bello rostro.

—¿Estás enferma o algo? —le preguntó Inuyasha, sin ánimos de ofenderla y con una genuina preocupación acerca del color de las piernas de aquella chica.

—¿Enferma, dices? —le respondió ella, extrañada por la pregunta y la preocupación del chico vestido tan raro.

—Sí. Tus piernas tienen un color diferente.

Kagome y los demás casi se caen al suelo por el impacto de sus palabras. Era verdad. Inuyasha no sabía mucho de esas cosas.

—Esas son pantimedias, Inuyasha —le aclaró Kagome. Al ver que Inuyasha no comprendía alzó una pierna y extendió la pantorrilla hacia él para recordárselo—: ¿Recuerdas que yo solía llevar medias parecidas? ¿Unas blancas?

—¿Esas cosas blancas de lana?

—Sí —suspiró Kagome, bajando la pierna alzada.

Inuyasha se soltó con suavidad de Kagome y Orihime y, acercándose a la chica y antes que nadie pudiera detenerlo, se agachó y deslizó sus manos de arriba abajo por las piernas de aquella chica, deslizándolas por sus pantorrillas y lo que estaba al descubierto de sus muslos.

—¡Hiiiii!

La chica no gritó de pura entereza, pero se le escapó un gemido con el contacto. Kagome y Orihime se alarmaron y jalaron a Inuyasha lejos de la chica que tenía las rodillas dobladas, la cara roja y parecía lista para caerse. Ichigo le dio un puñetazo a Inuyasha en plena coronilla, Urahara se tapó parte de la cara con su abanico, y el gato se reía con ganas.

—¡Qué carajos crees que haces! —le gritó Ichigo a Inuyasha.

—¿¡Qué crees que haces, tocándola de la nada!? —Kagome estaba enojadísima, y Orihime trataba de tranquilizarla. Ichigo tenía a Inuyasha inmovilizado contra el suelo, y este no había intentado levantarse.

—¿Qué tiene de malo? Sólo quería ver qué eran esas pantimedias. ¡Para qué diablos las lleva en primer lugar!

—Está bien, no se preocupen… —les dijo la chica débilmente, aunque su cara estaba roja todavía y seguía algo agitada—. ¿Es usted extranjero? —le preguntó a Inuyasha.

—¿Soy qué?

—¡Sí! —le respondió Ichigo rápidamente, dejando que Inuyasha se levante—. Es de otro país en que sus costumbres no son tan parecidas a las nuestras, y aún le falta algo de sentido común.

—¡Si lo dices así haces parecer que soy algún desquiciado!

—¡Tal vez eso es lo que quiero decir!

Ichigo e Inuyasha comenzaron a discutir, mientras Kagome y Orihime se inclinaban una y otra vez disculpándose con la chica, que era en realidad una miembro de la Oficina de Seguridad Publica de Trenes de Tokyo. Los que se encargaban de la seguridad y manejo de las vías de trenes.

—Lamento mucho que te haya atacado de esa forma. Es que no está acostumbrado a muchas cosas del Japón moderno ni de la vida en la ciudad —se disculpó Kagome.

—¿Ese muchacho viene del campo? —preguntó la chica, mirando de las chicas a Inuyasha otra vez.

—Algo así —respondió Orihime con pena.

—Pues que no se hable más del asunto —les dijo la chica con entereza y una sonrisa—. No ha sido culpa de nadie. Además, no me ha molestado nada… Es más… —añadió ella con algo de súbita picardía—. Si toma responsabilidad por lo ocurrido lo olvidaré de inmediato…

—¿Responsabilidad? Bien, dime qué hago —le dijo Inuyasha mirándola decidido, ignorante del silencio letal que las palabras de la chica ocasionaron en los demás.

—¡Ni lo sueñes!

Kagome le dio otro puñetazo a Inuyasha, porque ya recordaba que no tenía el rosario para castigarlo. El golpe le dolió más a ella que a él, pero su intención quedó clara.

—Kagome, si nos libramos de esta situación así de fácil no habrá problema, ¿O sí? —le preguntó Inuyasha tomándole la mano lastimada a Kagome y sobándola entre las suyas.

—Es que ella… es que tú… —Kagome no sabía cómo explicarle a ese ignorante a lo que se refería la bella funcionaria. El dolor de su mano se aliviaba un poco entre las rudas manos de Inuyasha. La oficial se rio traviesamente, tapándose la boca con una mano.

—Sólo bromeaba. ¿Gustan pasar? El tren no ha partido porque no he abordado.

—¡Sí!

Todos entraron apresuradamente, hasta Inuyasha, mientras los de adentro los miraban con curiosidad y algo de molestia al enterarse que era por su culpa que el tren no partía.

—Síganme, los llevaré a un lugar tranquilo —les dijo la oficial, para no crear más malentendidos con nadie.

La siguieron a través de largos pasillos en el interior del tren, con asientos mullidos y gente sentada en ellos. Inuyasha miraba con desconfianza cómo el tren comenzaba a moverse, porque no estaba acostumbrado a no hacer nada mientras se transportaba o al menos, viajar en criaturas en las que no confiaba. Kagome y Orihime se sonreían ante su desconfianza; mientras Urahara, con el gato al hombro e Ichigo seguían a la belleza castaña hasta unos cómodos asientos apartados de los demás.

—Aquí espero que disfruten el viaje.

—Gracias Iida-san —le dijo Urahara, hablando por fin mientras él y los otros se sentaban en los asientos.

—De nada —le respondió ella. Y con una última sonrisa hacia Inuyasha y los demás ella se alejó por un pasillo.

—Eres increíble Inuyasha —le dijo Kagome, sentándose junto a Orihime en una fila de asientos y cruzando las piernas con molestia—. Ha sido una suerte que esa amable guardia no haya hecho mayor escándalo por lo que le hiciste.

—No pensé que fuera algo malo —Inuyasha estaba sentado con los pies sobre el asiento, como se sentaría un perro, frente a ellas.

—En esta época... ¡En cualquier época! Está mal tocar a una mujer sin su consentimiento…

—No era mi intención lastimarla —trató de razonar Inuyasha, seguro de su inocencia.

—No se trata de eso. Ella debe consentir que la toques o sino… mira… ¡Ya no sé ni de lo que hablo!

—Lo puedo notar.

—¿Y de quien crees que es la culpa?

—¿De Ichigo?

—¡De ti, idiota!

—Por cierto, Urahara-san —dijo Ichigo apartando el rostro de donde estaban sentados Inuyasha, Kagome y Orihime—. ¿Cómo supiste el nombre de la guardia?

Iida Nana —musitó Urahara, mientras Yoruichi se lamía una pata en su hombro—. Lo traía colgado en su distintivo en la ropa.

—Ah, no lo leí.

El trayecto estaba tranquilo, pero era largo. Tokyo era muy grande y debían pasar por distintos lugares y distritos para llegar a la vieja guarida de Urahara. Los sitios pasaban a gran velocidad mientras el tren se movía.

—Diablos, ¿Cuánto falta? —preguntó impaciente Inuyasha, mientras sentía llegar el hambre.

—Aún falta un poco. El sitio está lejos, en una zona roja de Tokyo. Pero no pasa nada teniendo a estos dos hombres en las filas —jugó Urahara. Inuyasha se rascó la cabeza e Ichigo sólo suspiró. Kagome y Orihime se habían dormido la una apoyada en la otra hacía un rato.

—¿Son ustedes los que estaban molestando a Iida-san? —se oyó preguntar a una voz de chica, de repente.

Inuyasha torció la cabeza y miró hacia la entrada del compartimiento. Allí estaba una chica con el mismo uniforme que la anterior, pero esta tenía el pelo rojo y las largas piernas negras. Inuyasha supuso que sería otra "pantimedia" y no hizo ningún comentario, pero el tamaño de sus pechos, fuera de su estándar, le llamó de nuevo la atención.

—¡Qué va! Sólo somos unos viajeros esperando no meternos en dificultades, es todo, Sakurai Aoi-san —le respondió Urahara tapándose media cara con su abanico, habiendo leído obviamente el nombre colgado en su pecho.

Pero no podías hacer ni decir nada más sospechoso’ pensaron Yoruichi e Ichigo a la vez.

—¿Cómo sabes mi nombre? Eso es muy sospechoso. No me mientan. Vi el puñetazo que te dio el tipo del cabello naranja —le espetó la chica llamada Aoi a Inuyasha. Era obvio que era muy suspicaz.

—Ah eso. Supongo que también viste por qué se lo di, ¿No? —le preguntó Ichigo.

—Claro que sí. Y es por culpa de ustedes que tuve que subirme al tren cuando estaba arrancando. Pensé que estaban amenazando a Iida-san.

—Qué tonta.

—¿Qué dijiste?

Inuyasha se fue de la lengua otra vez, pero miró a la altanera chica a los ojos. La intensidad con que los dorados ojos de Inuyasha la miraban pudo con ella y ella miró a otro lado.

—¿Quién es Iidasan? —preguntó Inuyasha, haciendo que todos los que estaban despiertos se cayeran al suelo.

—Mierda. Todo es por tu culpa, ¿y ni siquiera sabes quién es Iida?

—Nop.

Mientras el chico de cabello naranja reñía con el loco del cabello plateado, Aoi se había estado sulfurando más y más.

—¡No me tomen por tonta!

—No grites. Kagome y esta boba están durmiendo —le dijo Inuyasha, señalándolas aburrido con su mano.

—¿Y a mí qué me importa?

—Nada, pero si sabes lo que te conviene, vas a estar calladita.

—¿Y qué harás si no me callo?

Inuyasha se movió muy rápido. Se levantó de un salto hacia ella, y antes que ella pudiera decir o hacer algo, él la tomó por la cintura y atrayéndola contra sí para no lastimarla con lo que estaba a punto de hacer, Inuyasha se lanzó fuera del tren por una de las ventanas abiertas, con la chica pegada a él.

—¡Ese cabrón!

Ichigo no gritó ni dijo eso en voz alta. Algo le decía que si despertaba a Kagome él sería quien sufriría su venganza. Así que se limitó a mirar por una ventana, mientras Urahara y Yoruichi miraban por otra, viendo cómo Inuyasha giraba en el aire con la aterrorizada chica en sus brazos y aterrizaba de pie limpiamente en el terreno afuera del tren, a pesar de la velocidad con que iba antes de salir, sobre un sitio con césped. Más abajo estaba un río y un puente cercanos.

—Ahí lo tienes, si no te callas aquí te quedas —le dijo Inuyasha burlón a la llorosa chica que, superado su miedo inicial a ese salto, lo miraba con rencor.

Antes de poder decirle nada, Aoi vio cómo el chico vestido de rojo le sonreía, le daba la espalda y comenzaba a correr. Incapaz por el momento de hablar o gritar, ella se consoló con el hecho que, aunque el infeliz no se había roto nada al saltar de un tren a semejante velocidad, al menos lo habría perdido. Pero Aoi se quedó de piedra cuando el chico comenzó a correr y saltar de un sitio a otro entre los edificios y postes, y más rápido que el tren pronto lo alcanzó, y con un cálculo increíble se coló de un salto por la misma ventana por la que ella y él acababan de salir.

—¡Te atraparé, maldito! —le gritó Aoi a nadie en particular, pues los que la oían sólo creían que ella y el chico del cabello plateado eran parte de algún evento o alguna cosa no tan extraordinaria de la vida de Japón. Sus rodillas la vencieron por la impresión del salto, y cayó arrodillada sobre el césped.

—¡Eres un maldito loco! ¿Cómo pudiste hacer eso?

Ichigo todavía no se animaba a subir la voz, pero su enojo hacia Inuyasha era evidente. ¿Era acaso que Inuyasha no tenía autocontrol? Lo había perdido con su rosario. ¿O siempre había sido así? El futuro sería muy caótico con semejante inconsciente en su camino.

—A mí me pareció muy gracioso —dijo el gato negro, mirando a Inuyasha desde el hombro de Urahara y riendo—. Cada vez me sorprendes más y más.

—Así es el gran Inuyasha, Gato.

—Pero Kurosaki-san tiene razón, Inuyasha-san. Pudiste lastimar a esa chica —le dijo Urahara, mirando a Inuyasha con seriedad.

—Nah, es imposible que la lastime por algo tan tonto.

—¿Algo tan tonto? ¿Y qué te parece asustarla con semejante salto y dejarla tirada en medio del camino? —le preguntó Ichigo.

—Bueno, en su era ustedes tienen más medios de transporte, ¿no? —trató de razonar Inuyasha —. ¿Los caballos cuestan mucho?

—En Tokyo no hay caballos con ese fin. Los hay pero no para ir donde uno quiera —le dijo Urahara a Inuyasha—. Es posible que esa chica no tenga dinero, o que esté tan asustada que no pueda moverse. Las chicas de hoy se asustan muy fácilmente.

—Ojalá y todas fueran como Kikyō o Kagome —dijo Inuyasha sin pensar. Los otros tres lo miraron fijo, confundidos. ¿Quién era Kikyō?

—Perdonen…

Otra chica de cabello largo, rosáceo y esponjoso los miraba desde la puerta del compartimento. Vestía el mismo uniforme azul que las otras dos y, Inuyasha una vez más notó su rasgo característico de esa época: sus pechos eran enormes. Seguramente era algo que las mujeres de esa era comían.

—¿No han visto a mi amiga? Es una chica miembro de la Oficina de Seguridad Publica y hace rato vino por acá. O eso me dijo que haría —les preguntó aquella chica con preocupación.

Urahara e Ichigo se miraron. Kagome y Orihime seguían durmiendo profundamente.

—Ella está…

Ichigo le pegó otro puñetazo en la coronilla a Inuyasha antes que a este se le fuera la lengua otra vez. Urahara estaba mirando a la chica de la guardia con amabilidad, y le dijo:

—No, no vimos a nadie por acá.

—No nos mientan, por favor —dijo otra voz conocida antes que Ichigo pudiera abrir la boca, pues no quería dejar a la nueva guardia sin saber qué pasó realmente con su amiga. La primera guardia que conocieron en la estación, Iida Nana, había regresado y los miraba con determinación. ¿Cómo sabría ella que mentían? —. Vi por las cámaras de seguridad del tren que tú la apartaste de nuestra vista. ¿Qué fue lo que le hiciste? —le preguntó Nana a Inuyasha, preocupada, mientras este se sobaba la cabeza y miraba a Ichigo con rabia.

—Me hizo enojar y la saqué del tren —dijo Inuyasha simplemente, mientras Urahara e Ichigo localizaban la lente de la cámara por la que Nana aseguraba haberlos visto.

Nana se tambaleó. Y su colega de pechos grandes corrió a sostenerla para que no se cayera—. ¿Tú…? ¿Dices que tú la sacaste del tren en movimiento?

—Bueno, sí —le respondió Inuyasha, no muy seguro de por qué Nana y esa chica se lo tomaban tan en serio. Sus expresiones iban de la preocupación al terror en segundos.

—No puede ser… pero parecías ser buena persona… ¿Por qué?

—Diablos. Si tanto te molesta puedo ir por ella —le dijo inseguro Inuyasha, y contrariado porque la chica parecía tan alegre hacía rato. Seguro que Ichigo tenía razón, y sacar a alguien por la ventana de ese bicho enorme cuando estaba corriendo no era buena idea.

Así que antes que nadie pudiera detenerlo, Inuyasha se lanzó por la ventana, movido sólo por su sentido de culpa. Nana gritó de miedo y alarma, preocupada porque el culpable (quitando el hecho que le era bien parecido) muriera al lanzarse por la ventana de un tren a toda velocidad. Y justo pasaban por un sitio alto, donde las vías estaban a varios metros de altura entre edificios. Su compañera gritó de miedo también y ambas corrieron a la ventana por la que el chico había saltado. Mientras Ichigo se llevaba los dedos al puente de su nariz por el coraje y Urahara suspiraba, las dos chicas que dormían se despertaron por los gritos, y Kagome de inmediato gritó:

—¡Inuyasha! ¿Dónde está Inuyasha?

—Tranquila Kagome —le dijo Ichigo con abatimiento—. Él está allí.

Ichigo estaba señalando a una ventana. Kagome se acercó a ella junto a Orihime, mientras veía que la guardia de hacía rato y una de sus camaradas seguían algo con la mirada por la ventana abierta, y también tenían la boca abierta literalmente. Con un sentimiento de temor, Kagome miró por la ventana y Orihime también, para ver a Inuyasha, inconfundible con su traje rojo y su pelo ondeando al viento, alejándose a grandes saltos entre edificios, postes y cualquier cosa donde pudiera poner los pies. Kagome le gritó pidiéndole que volviera sin saber lo que le decía realmente, pero sabía que todo lo que estuviera pasando era culpa de él. Inuyasha se detuvo al oírla, pero luego el tren viró por una curva e Inuyasha se perdió de vista.

—No puede ser… no puede ser…

Nana se arrodilló porque no podía sostenerse en pie, y se agarró con fuerza al marco de la ventana mientras el tren seguía en movimiento. Sintió que Haruka, su subordinada y amiga la rodeaba con los brazos. No podía dar crédito a lo que había visto. Ese chico tan honesto y espontáneo era alguien definitivamente especial, si era capaz de saltar de un tren en movimiento y no romperse nada por la hazaña. ¿Acaso iría aquél chico por el cuerpo de su amiga Aoi? ¿Sería que a pesar de ser tan fuerte y hábil, era algún retorcido mental? Sin saber por qué, Nana no quería creer tal cosa.

—Lamento mucho lo que está pasando —le dijo una voz. Nana se dio vuelta aun arrodillada y vio que el chico de cabello naranja hablaba con la chica de vestido y la otra de cabello naranja. Sin fuerzas vio al que le habló y era el tipo rubio vestido de verde, con el abanico tapándole la cara—. Las hemos inmiscuido en esta situación por no ser más cuidadosos. Pero no te preocupes, lo arreglaremos todo.

El hombre del abanico terminó de hablar apenado. Y a Nana se le escapó una lágrima.

Mientras tanto Inuyasha buscaba a la chica de cabello rojo entre las calles por las que ahora saltaba. Recordaba bien su olor y que era un olor demasiado dulce. No era su olor natural de hembra que Inuyasha podía sentir por debajo del olor dulce que seguramente esa chica se colocó artificialmente. Inuyasha siguió ambos aromas, caminando y olfateando entre la gente que lo miraba incrédula. Había estado buscando desde el punto en que saltó del tren hasta el punto en que la dejó y, luego de un rato buscando, la localizó caminando cabizbaja por una calle concurrida un poco más allá de donde ella se había quedado.

—¡Oye! ¡Roja! —le gritó Inuyasha pero ella no lo escuchó—. Diablos.

Dando un largo salto la alcanzó, la tomó de un brazo y le dio la vuelta con suavidad. Con el susto de sentir súbitamente a alguien a su lado, ella intentó de inmediato darle un puñetazo bien dirigido sin ver siquiera de quién se trataba, pero Inuyasha apartó la cabeza perezosamente de la trayectoria del puño y la sujetó por los brazos con ambas manos.

—No me lo pongas más difícil —la urgió con calma—. Tus amigas están muy asustadas. No sabía que fuera para tanto.

—¡Aléjate de mí! —le gritó Aoi, soltándose caminado hacia atrás y dándose la vuelta para seguir su camino. No podía creer que ese loco hubiera regresado a atormentarla más.

—No te pongas así —le dijo Inuyasha, caminando detrás de ella y sin poder enojarse, pues sabía que la culpa era suya—. Vine por ti. Volvamos con tu gente.

Ante la estupefacción de Aoi al verlo otra vez, Inuyasha la levantó en brazos porque sabía que ella no se subiría a su espalda ni aunque se lo suplicara de rodillas. Y ante sus balbuceos, sonrojo, y golpes que ni sintió, Inuyasha levantó el vuelo a grandes saltos, mientras los desconcertados ciudadanos veían a un tipo de cabello larguísimo y plateado con traje rojo que se llevaba a una oficial de trenes en sus brazos.

—¡Suéltame! ¡¿Qué vas a hacer conmigo ahora?! —lloró la chica aferrándose a la túnica de Inuyasha, muerta de miedo con cada altísimo salto que éste daba.

Él se quedó callado pues no sabía qué decir.

—No te haré nada. No fue mi intención pasarme así de la raya. No pensé que te asustarías tanto con el salto —logró decir Inuyasha.

—¿Es que no tienes sentido común? —le reprochó Aoi con furia.

—Algo así, y mira… lo siento.

Ella se quedó mirándolo sorprendida. Aunque había tratado muy poco con él, ella sabía que era imposible esperar una disculpa de su parte. Era obvio que eso no era el fuerte de Inuyasha, ya que si ni siquiera la estaba mirando a la cara cuando lo hizo. Y de pronto, Aoi ya no sentía miedo con los temerarios saltos que el chico tan extraño daba entre postes y techos.

—Y ahora te llevaré con tus camaradas. ¿Eso te gustaría? —le preguntó Inuyasha, sonriente al no tener más la culpa que sentía desde que vio a Nana tan preocupada.

Aoi sólo se aferró más a su túnica y ocultó la cara en su pecho. Inuyasha suspiró y aceleró el paso.

Kagome tenía rodeada a Nana con un brazo, tratando de confortarla mientras que Orihime hacía otro tanto con Haruka. Ichigo las observaba, seguro de que Kagome mataría a Inuyasha en cuando lo viera. Urahara y Yoruichi miraban de rato en rato por la ventana.

—No te preocupes —le decía Kagome a la afligida Nana—. ¡Todo va a salir bien!

—No —le respondió Nana con la cabeza gacha—. Descuidé a una subordinada y, ante todo a una amiga. Esto no me lo puedo perdonar.

Kagome quiso responderle pero se quedó mirando a Haruka, la amiga y colega de Nana, que lloraba abrazada a Orihime. Sabía que Inuyasha no lastimaría a Aoi, pero definitivamente se las pagaría por haber ocasionado todo aquel drama. ¿Es que no tenía sentido común?

—¡Hekushii!

Oyeron un estornudo que les llegó un nano segundo antes que Inuyasha penetrara por una ventana al compartimento, con la chica pelirroja segura entre sus brazos. Aterrizó en el suelo que estaba entre dos sillones en que los pasajeros se sentaban y miró a los demás mientras bajaba a la llorosa chica y la ponía de pie en el suelo. Sin embargo la chica no lo soltó ni al sentirse segura en el vagón otra vez.

—Oye… —empezó Inuyasha al notarlo, dirigiéndose a Aoi.

—¡Tonto! ¡IDIOTA!

Kagome e Ichigo molieron a golpes a Inuyasha, tendiéndolo en el suelo y logrando que la chica pelirroja lo soltara. Orihime trató de calmarlos, pero ellos estaban fuera de sí.

—¡La dejaste tirada en plena vía! ¿No tienes sentido común?

—¡Y asustaste a Iida-san con tu otro salto! ¿No podías parar un rato y explicarle?

Nana abrazaba a Aoi, mientras lloraba de alegría. Le alegraba comprobar que el chico no era ningún maleante o algo peor. Y que Aoi estuviera a salvo. Haruka se agarraba a las dos como si la vida se le fuera si las soltaba. Kagome e Ichigo pararon de matonear a Inuyasha para mirarlas.

—Mierda. No pensé que se lo tomarían tan mal. ¿No lo entienden? —les dijo Inuyasha resentido, levantándose y mientras se le caía la tela blanca de su cabeza por la violencia de la paliza. Nana, Haruka y Aoi miraron sorprendidas a Inuyasha, y luego a la tela que parecía caer al suelo en cámara lenta. Inuyasha les devolvió la mirada desafiante, hasta que notó que le faltaba la tela sobre su cabeza. Ellas ahora seguían el movimiento de sus orejas de perro, que se movían con los ruidos del tren y de la calle.

—Ah…

—¡Idiota!

De otro golpe, Ichigo y Kagome lo volvieron a tender en el suelo.

—Tú… ¿Esas son orejas de cosplay o algo así? —le preguntó Nana a Inuyasha, viendo cómo Kagome e Ichigo lo golpeaban en el suelo.

—¡Sí, son orejas de cosplay! —se apresuró a responder Orihime, parándose ante Nana y agitando los brazos. No podían permitir que se armara el escándalo ahora por las orejas de Inuyasha. Pero Aoi fue más rápida. Esquivó a Kagome e Ichigo y se acuclilló junto a Inuyasha haciendo que dejaran de golpearlo. Y le tocó las orejas con los dedos.

—Son… reales.

—¡Claro que son reales! —exclamó Inuyasha, molesto por los golpes y sentándose.

—¿Pero cómo es posible?

—Es que no soy humano. ¿Crees que un simple humano podría hacer una pequeña parte de lo que hago yo? —le espetó Inuyasha.

—En eso tienes razón, pero… ¿Cómo es que…? ¿Cómo…? —Aoi se terminó de sentar sobre sus piernas, sintiendo el tacto de las orejas del sentado Inuyasha en sus dedos. Nana se había acercado, y como Aoi se acuclilló para mirar de cerca a Inuyasha. A sus ojos dorados, y cómo sus orejas se movían con molestia entre sus dedos. Como cualquier cachorro.

—¿Puedo…? —y sin esperar que le responda nadie, Nana tomó entre sus manos las dos orejas de Inuyasha.

—Otra vez no…

Nana no fue la única. Pronto Haruka también se acercó y entre las tres rodearon a Inuyasha con los brazos sobre él y tocando sus orejas. Alguna le rascaba por detrás pero él ya no se sentía con ganas de ladrarles para que lo dejaran en paz, por lo que dejó que se sosegaran con sus orejas. Al fin y al cabo se las debía. Ichigo miraba desconcertado la falta de interés de Inuyasha y cómo este no notaba los bamboleantes pechos de las tres bellezas que, con los brazos levantados por encima de su cabeza, se movían como péndulos.

—Ese chico es un suertudo —dijo Yoruichi desde el hombro de Urahara. Al oír a Yoruichi, Kagome le dio otro golpe a Inuyasha, que intentaba levantarse y lo tendió en el suelo otra vez, ahora subiéndose sobre él y alejando así a las tres bellezas uniformadas—. O tal vez no.

Orihime sólo podía sonreír con nerviosismo ante todo lo que había pasado en ese trayecto. Era todo bastante irreal y todo había sucedido por un capricho. Con algo de alivio vio que estaban entrando a la estación del distrito al que suponía que iban, y en efecto así era.

—Bien muchachos, ya llegamos —anunció Urahara, mientras el tren se detenía en una estación a la que acababan de llegar, y todos vieron en el anuncio de fuera: Distrito Kabuki o Kabukichou.

—Hablando de barrios peligrosos.

—Tengan mucho cuidado —les dijo Nana, mirando a Inuyasha en el suelo y algo contrariada por haber llegado ya a su destino—. Es un barrio lleno de yakuzas, delincuentes y estafadores.

—¡Keh! Todos ellos me tienen sin cuidado —le respondió Inuyasha, levantándose con suavidad mientras Kagome se bajaba de él.

—Gracias por la preocupación, Iida-san —le agradeció Urahara.

—Eres una niña muy amable —le dijo el gato y Nana sólo sonrió. Ya no ni que el gato hablara le sorprendía tanto. Pero la imagen la perseguiría un buen tiempo.

—Cuídense mucho. Espero volverlos a ver —los despidió Haruka inclinándose, y haciendo acopio de su voluntad para decir esas palabras luego de todo el incidente.

—Ya no te metas en problemas —le dijo Aoi a Inuyasha, cuando éste pasó por su lado para bajarse del tren, con los brazos detrás de la cabeza—. Aún me debes una —añadió ella, dándole un fuerte golpe en un brazo.

—¡Keh!

—Espero volver a verlos —se despidió Nana, sin dejar de mirar a Inuyasha—. Cuídense.

—Tú también —respondió Inuyasha sin mirar atrás, mientras caminaba por la estación y agitando la mano lentamente. Él y los demás siguieron a Urahara a través de la estación hacia la salida. No podía decir que había resultado todo mal, pues esas tres no eran malas personas ni había sido tan malo conocerlas.

—No sé qué pensarías, Kisuke. Pero llamamos la atención mucho más que si hubiésemos venido a pie —le hizo notar Yoruichi mientras Urahara caminaba guiándolos.

—Lo sé, Yoruichi-san. Inuyasha-san es el chico más impulsivo que he visto en mi vida.

—Y que lo digas. Esas chicas fueron muy amables al no preguntar por el origen de este tonto —dijo Yoruichi

Salieron de la estación y caminaron por varias calles, bajo un sol abrasador de verano. El ambiente húmedo hervía como caldera y pronto todos desearon estar en la playa o en alguna piscina, menos Inuyasha, que no se quejaba nunca del calor a pesar de estar enfundado en semejante traje rojo.

Caminaron por calles llenas de todo tipo de personas, pero no se metieron con nadie ni miraron a nada más que su camino al frente. Ya habían destacado muchísimo, y el traje de Inuyasha ya llamaba la atención demasiado sin que hicieran nada. Caminaron hasta que llegaron a un galpón edificado con ladrillos, cerrado con una puerta vertical deslizable que chirrió muchísimo cuando Urahara la abrió.

Dentro del edificio había una puerta trampa en el suelo y mucho polvo.

—Oh mierda. Adentro hará un calor más terrible que aquí —rezongó Ichigo.

—Ya verás las prestaciones que le hice, Kurosaki-san —le dijo Urahara, abanicándose—. ¿Entramos?

Sin vacilación todos se metieron dentro del edificio.

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