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TOOAH: Capitulo 06 - El Beso del Arcángel

 

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TOOAH: Capitulo 06 - El Beso del Arcángel

Cuando Ichigo y las chicas llegaron a los restos de la cueva, ya no había nadie allí. Estaban parados sobre los escombros de roca y humeante tierra que era ahora la cueva donde la Perla había sido concebida otra vez. Ichigo, Orihime y Kagome no veían nada concreto entre tanto estropicio pero tampoco podían percibir nada. Kagome ya no sentía la presencia de la perla por ningún sitio, como si otra vez hubiese sido destruida. ¿Qué había sucedido?

—No siento a ninguno de los dos —dijo Orihime que, aunque no era Shinigami ni experta en Kidou, podía distinguir sin problemas las energías sobrenaturales de otras formas de vida. Porque ahora su mundo ya no era sólo el de las almas y los muertos. Se estaban adentrando más dentro de aquél derrumbado lugar.

—Tampoco siento la presencia de la Perla —añadió Kagome. Estaba preocupada, porque era imposible que la perla hubiera desaparecido así sin más, sin dejar ningún rastro visible o rastreable. ¿Acaso Naraku se había auto inmolado de alguna forma y matado a Aizen en el proceso? Era imposible. ¿Y qué pasó con Aizen? ¿Qué pasó con ambos? Lo único que podían sentir los tres eran restos de Reiatsu y Youki bastante agresivos entre tanto veneno, polvo y humo a medida que avanzaban más a donde estuvo antes Midoriko, y donde ahora sólo estaban rocas desmenuzadas y humeantes. Al llegar al centro de la cueva lo único que se sentía era el polvo asentándose junto a otras cosas más siniestras.

Se pusieron a indagar. Orihime y Kagome iban agarradas la una a la otra muy juntas, detrás de los Shun Shun Rikka de Orihime, mientras Ichigo trataba de pensar qué pudo haber sucedido en aquél lugar, y exploraba alrededor. No se creía lo fácil que repentinamente habían desaparecido esas tres poderosas energías. Como si la tierra se los hubiese tragado, pero Ichigo no se lo tragaba. Algo frustrado por no haber detenido a esas amenazas a tiempo, Ichigo se movía entre los escombros con mal humor. La cueva ya no tenía su techo de roca pero ni aun así la luz del sol podía llegar a ellos, pues la nube púrpura que ascendía al cielo desde la cueva lo bloqueaba. El veneno era tan fuerte que Ichigo comenzó a notarlo.

—Inoue, extiende a tus Rikka alrededor de ti y Kagome —le dijo a Orihime—. El aire está contaminado.

—¿En serio? No puedo sentirlo —le respondió Orihime, mirando a Ichigo un poco confundida.

—¿Cómo es que no lo sientes? —preguntó Ichigo llevando una mano a su cabeza—. A mí me está mareando.

—No lo sé. ¿Se te ocurre por qué no lo sentimos, Kagome-chan? —le preguntó Orihime a Kagome preocupada, ella caminaba a su lado sosteniendo su mano.

—Tal vez no te está afectando porque yo lo estoy purificando —dijo Kagome, mirando alrededor y preocupada por Ichigo.

—¿Cómo haces eso? —pregunto a su vez Ichigo, mirando a Kagome sorprendido.

—Mis poderes espirituales me permiten hacer cosas como esta —explicó Kagome—. Ha pasado antes. El miasma de Naraku no suele afectarme y como estoy muy cerca de Orihime-chan ella tampoco lo siente. Pero ahora —Kagome extendió un brazo y Orihime el otro dentro del caminante escudo—, tú te vienes acá dentro, Ichigo-kun.

Resignado, y decidiendo que si estaba debilitado por aquel veneno no podría darlo todo si algo ocurriese, Ichigo se metió dentro del escudo junto a Orihime y Kagome, para experimentar dentro, el alivio que la presencia de Kagome proporcionaba. Y para, junto a Orihime, asombrarse de los alcances del poder de aquella chica.

Mientras tanto, a unos cuantos cientos de metros de la cueva tras pasar por los árboles que la cubrían de su vista, Inuyasha trataba de ponerse en pie para salir del hueco con su forma en el que estaba hundido literalmente. Inuyasha estaba terriblemente molesto porque esos malagradecidos lo habían abandonado allí, luego que él abriera su bocaza, a pesar que Inuyasha deseaba detener a Naraku más que nadie.

Sacó primero la cabeza del agujero, se puso en cuatro patas, y sacudió su pelo y orejas como si de un perro de verdad se tratara, aunque él prefería no pensar en ello. Luego de sacudirse, una risita cantarina de mujer resonó ante él. Inuyasha levantó la vista, y la visión de una despampanante mujer parada ante él lo deslumbró, más no por su hermosura en extremo, sino porque ella brillaba. De alguna manera esa mujer brillaba ante él, y su resplandor sin llegar a ser cegador, era hermoso. Esta mujer no estaba allí un segundo antes que Inuyasha pudiera oír su pequeña carcajada, podría jurarlo.

—Finalmente puedo hablar contigo, Inuyasha.

Incrédulo, Inuyasha pensó que tal vez estaba oyendo mal, estando allí postrado en cuatro patas ante esa hermosa mujer. Ella le extendió una mano blanca para ayudarlo a levantarse e Inuyasha se la tomó, desconfiado como siempre que conocía a alguien nuevo o extraño, pues esa era su costumbre desde siempre. Pero esta vez, al sentir lo suave y cálida que era la mano de aquella mujer, Inuyasha podía decir con seguridad que ella no era alguien con malas intenciones.

Pero eso no le restaba nada de raro al asunto.

—Últimamente termino conociendo a las personas más absurdas —soltó Inuyasha, importándole poco lo que sus palabras pudieran provocar. Pero la mujer sólo sonrió brillantemente mientras le soltaba lentamente la mano.

Ella era alta y esbelta. Su cabello era dorado, largo y formaba círculos en su espalda. Rizos, los llamaba Kagome. Estaba ataviada en una tela entre amarilla y verde con los hombros descubiertos, larga y simple, que no ocultaba ni por asomo sus atributos femeninos, bastante pronunciados, como los de Orihime. Su rostro era hermoso, Inuyasha no pudo dejar de notarlo, e irradiaba una felicidad misteriosa. Y sus ojos transmitían bondad. Al ver en los dorados de Inuyasha, parecían sumergirse en ellos mientras le traspasaban con nostalgia, cariño y algo más fuerte. Esto consiguió inquietarlo un poco.

La mujer parecía lista a lanzarse a sus brazos, pero se contenía de alguna forma. Cómo lo sabría Inuyasha si no la había visto en su vida era algo que ni él podía explicarse, pero de alguna forma tenía esa certeza. La delataba la expresión anhelante con que ella lo miraba. Inuyasha se inquietó más aún con la intensidad y el hambre en los ojos de aquella dorada belleza.

—No sé cómo decirte esto, Inuyasha —le dijo vacilante la bella mujer.

—¿En serio? Dime lo que tengas que decir—le respondió Inuyasha, sin apartar los ojos de los de ella. Dada la actitud de esa mujer, Inuyasha no se perdía detalle de su comportamiento.

—Es algo difícil de decir.

Ella se veía nerviosa entonces. Su sonrisa se desvaneció, más no la adoración en sus ojos.

—Dilo ya —le espetó Inuyasha. Ella era una hermosa y rara mujer sin duda.

—Pronto te embarcarás en un largo, peligroso, y triste viaje. Pero no desfallezcas nunca, porque siempre tendrás a mucha gente que te apoyará y amará, y a un amigo leal que te acompañará allá a donde vayas —pronunció la mujer lentamente.

—Vaya profecía más precisa. ¿Eres una adivina o algo así? Lo lamento, pero no creo en esas cosas —le dijo Inuyasha con brusquedad. Había oído suficiente y decidido internamente que esa hermosura no estaba en sus cabales. La apartó firme pero suavemente, y trató de ir tras Kagome, Ichigo y Orihime, que estaban más adelante en los restos de la cueva. O lo intentó.

Un par de brazos lo habían aferrado por detrás, y si lo hubieran intentado con mala intención Inuyasha se habría defendido descuartizando al dueño de los brazos que ahora le rodeaban el cuerpo por detrás. Sin embargo, sólo sentía un cuerpo agitándose en llanto silencioso en su espalda.

—Oye…

'Si Kagome me ve en esta situación, me mata' pensó aterrado Inuyasha, cavilando sobre cómo soltarse de la mujer que lo abrazaba por detrás sin lastimarla. Demonios, ¿era que esa mujer tan voluptuosa y llorona también era del futuro o algo así? ¿Por qué tenía que tener los pechos tan grandes?

—Ha pasado tanto tiempo... —gimió aquella mujer desde la espalda de Inuyasha—. Debo ser la única que ha sufrido tanto por volverte a ver —gimoteó—. Todas las demás podían verte cuando quisieran. Sólo yo tuve que esperar quinientos años. ¿Por qué? ¿Por qué?

Inuyasha no le encontraba pies ni cabeza a lo que decía aquella mujer, y estaba empezando a confirmar que estaba un poquito mal de la cabeza. Hasta que…

Ella se movió rápidamente, luego de un silencio de aparente determinación. Lo soltó y se puso delante de él, era hermosa en extremo, al tiempo que cerraba los ojos y lo besaba directo en la boca.

Al principio Inuyasha no pudo pensar en apartarla por lo sorprendido que estaba. Ninguna mujer, jamás, aparte de Kikyo y Kagome, había demostrado interés alguno en él, ni lo había besado con tal pasión. Los labios de esta dorada mujer le eran dulces así como la lengua que Inuyasha podía sentir invadiendo su boca y acariciando la suya con ardor. Los ojos de ella estaban cerrados en éxtasis silencioso.

Sin apartarse ni dejar de besarlo, aquella mujer se había aferrado a la roja túnica del desprevenido Inuyasha, y moviendo las manos con rapidez y precisión, ella agarró el collar de kotodamas que le colgaba en el cuello y la empuñadura de su espada en el cinto. Con un claro movimiento ella desenfundó a Tessaiga de su vaina, transformándola en aquél enorme colmillo; y le arrancó a Inuyasha el collar jalándolo de su cuello, mientras sus labios se separaban y las piezas del collar se desparramaban por el suelo.

—¡Qué…!

Inuyasha estaba desconcertado, y tomó una posición defensiva sin su espada, mientras veía cómo la mujer conjuraba a Kuroi Tessaiga, la Tessaiga negra, y gritaba con tristeza.

¡Meidou Zangetsu Ha!

Pero Inuyasha no se apartó de su lado, porque aquella mujer le apuntó al aire, a ningún lugar en específico. Estaba sorprendido que aquella mujer pudiese manejar a Tessaiga, si aparentemente sólo un Youkai podría, si acaso la barrera de Tessaiga no lo repelía ni quemaba sus manos primero. Impotente, Inuyasha vio cómo un Meidou negro aparecía y crecía donde ella había apuntado a Tessaiga y vio, sorprendido cada vez más, cómo a la mujer le crecían doce blancas alas de ave en sus espaldas, extendiéndose como si ella fuera a alzar el vuelo.

Ella clavó a Tessaiga, sujetándola con sus dos manos, en el suelo. Se notaba que hacer la hazaña le había costado muchísimo, para empuñar y utilizar a Tessaiga, porque de inmediato su bello rostro parecía bastante cansado y agobiado. Pero luego ella soltó la espada, juntó las manos y sus dedos en una forma característica de las sacerdotisas, y las piezas del collar consistentes en kotodamas y magatamas del rosario de Inuyasha se reunieron en el aire desde el suelo, y formaron el collar una vez más delante de ella.

—El único vínculo que te une a las dos mujeres que más has amado en este mundo, ahora desaparecerá.

Y el collar se separó de nuevo, y sus brillantes piezas se metieron dentro del Meidou que flotaba sobre ellos, desapareciendo en su interior. Inuyasha vio con pesadumbre que el Meidou se cerraba con su collar roto adentro.

—¡Qué hiciste!

Pero lo que vio ahora lo asustó más que nada aquél día. El resplandor que esa mujer irradiaba se desvaneció, y ella cayó de rodillas, agitada como si hubiese corrido muchísimos kilómetros sin parar. Y miraba con tristeza a Inuyasha.

—Estos fueron quinientos años. En otros quinientos años más, yo… —balbuceó.

Inuyasha llegó hasta ella de un salto y la recostó en sus brazos, mientras notaba cómo ella se iba desvaneciendo, como el agua entre los dedos, en sus brazos. La tenía allí, sosteniéndola, pero se le escapaba.

—¡Oye! ¡Qué te pasa!

A pesar de lo que ella había hecho, de usar a Tessaiga y de quitarle su collar, Inuyasha no podía evitar preocuparse por ella. La mujer parecía estar despareciendo, como esos muñecos de nieve que él había hecho alguna vez junto a Kagome cuando el invierno se trasformaba en primavera.

—¿Te preocupas por mí? Eres tan lindo como te recuerdo. Trátame mejor cuando nos volvamos a ver ¿sí? —le sonrió ella acariciándole el rostro a Inuyasha con una mano. Las alas de su espalda habían desaparecido ya.

—¡Cállate, idiota! Te llevaré con Kagome. Seguro que ella sabrá qué hacer.

—¡No! ¡Todo menos eso!

La súbita postura de aquella mujer de no dejarse ver con Kagome asustó más aun a Inuyasha, pero no pudo pensar mucho en ello, porque la mujer se desvanecía en sus brazos cada vez más.

—El tiempo… pasa siempre tan lento… pero ahora se me ha ido tan rápido…

Ella le sonrió una vez más. Apartó su mano de la cara de Inuyasha y se perdió en la nada por completo, dejando a Inuyasha totalmente desorientado. Él se quedó allí acuclillado, con los ojos desorbitados, mirando la tierra y la hierba que veía frente a sus ojos donde, segundos antes, estuvo la visión de aquella misteriosa mujer en su brazos aun extendidos. Todo había pasado tan rápido que no se lo podía explicar y jamás se lo habría imaginado en su vida.

—¡Inuyasha!

Kagome venía de regreso desde la cueva, y de inmediato Inuyasha recordó a Naraku y Aizen que debían estar delante. Vio que Kagome iba hacia él con expresión preocupada, y colgando de un hombro de Ichigo, mientras que Orihime venía colgando en el otro.

—Así se hace, mocoso —dijo Inuyasha, tomando a Tessaiga que estaba clavada en su forma normal en el suelo, y colocándola de vuelta en su funda.

—¿Tienes alguna queja? —se sublevó Ichigo al llegar junto a Inuyasha. No estaba de humor.

—¿Si así fuera qué?

—Inuyasha…

Éste se encogió al oír el tono característico en la voz de Kagome, y más cuando anticipó lo que vendría: —Osuwari.

Pero no pasó nada. Inuyasha había cerrado los ojos, pero la caída de siempre no llegó. Ichigo bajó a Kagome y Orihime de sus hombros, y los tres se miraron con asombro. ¿Acaso Inuyasha ya no oía a Kagome?

Pero Kagome, con un sentimiento de preocupación creciente se acercó a Inuyasha y lo obligó a encararla. El collar de kotodamas no estaba.

—Inuyasha… tú… ¿Cómo pudiste…?

—Oye… sé lo que estás pensando pero no es mi… —trató de explicar Inuyasha, alarmado por la expresión de Kagome.

—¡IDIOTA!

Inuyasha se encogió de puro miedo, pero Kagome se dio vuelta y se marchó a grandes zancadas con su largo cabello negro ondeándole detrás. Orihime se lanzó detrás de su amiga con preocupación.

Sólo se quedaron Inuyasha e Ichigo en aquél claro. E Ichigo sólo acertó a decir:

—No sé cómo lo hiciste, pero te felicito.

—Yo no lo hice.

Inuyasha se sentía triste. No quiso jamás que Kagome lo mirara con aquellos ojos, que parecían expresar la mayor de las decepciones.

—¿Y entonces…?

Sin notarlo ni preocuparse por ello, Inuyasha le contó a Ichigo lo que pasó. Desde el momento en que lo dejaron en el suelo y lo de la bella mujer que lo ayudó a levantarse y que tantos conflictos le había causado con tan pocos minutos de conocerla.

—Y dices que desapareció. ¿Se desvaneció o algo así? —inquirió Ichigo pensativo, cuando Inuyasha terminó de contar su experiencia.

—No sé cómo explicarlo. Realmente no tengo idea—respondió Inuyasha. Lo más parecido que experimentó a aquello fue cuando Kikyo murió en sus brazos, hacía años. Pero eran situaciones totalmente distintas.

—¿Y sólo agarró y te quitó tu collar?

—Sí.

—Qué raro.

Inuyasha no tenía respuestas. Siempre que Kagome usaba su conjuro con él, Inuyasha pensaba lo feliz que sería sin el maldito collar en su cuello, pero ahora sin él se sentía desnudo y extraño. Una prueba de lo raro que terminó siendo era que ahora hablaba como si nada con el chico del cabello naranja, así que algo debía estar mal con él de seguro.

Kagome no podía contener las lágrimas de rabia y tristeza mientras caminaba desolada sin rumbo por entre los árboles. Pero su rabia ya no era contra Inuyasha, sino contra ella misma. ¿Acaso había lastimado a Inuyasha con tantas órdenes de 'abajo'? Ahora él no quería saber nada de ella. Kagome había sufrido mucho cuando estuvo viviendo lejos de él por tres largos años. Ahora sentía que hasta sus entrañas le dolían. Dolía tanto…

Orihime la alcanzó a la carrera y la detuvo tomándola de la mano, y la hizo girar para encararla. Suavemente la abrazó con ternura mientras comenzaba a anochecer.

—Tranquila… tranquila…

—Inuyasha… Inuyasha ya… ¡Inuyasha ya no me quiere! —lloró Kagome, aferrándose a la rasgada ropa de Orihime y escondiendo la cara en su pecho.

—Pero Kagome-chan, ¿qué te hace pensar eso?

—Él se arrancó el collar. ¡Ése era nuestro vínculo, y además es…! —Kagome recordó las veces que pudo salvar a Inuyasha de morir gracias a que tenía puesto el collar. El collar era una de las razones que los había unido en primer lugar.

—Pero Kagome-chan, yo vi que él quería decir algo. ¡A lo mejor todo tiene una explicación!

—¿Tú crees? —Kagome apartó la cara de entre los pechos de Orihime y la miraba con una expresión en extremo ilusionada.

—Kagome-chan, ¡incluso cuando lloras eres tan hermosa!

Orihime abrazó a Kagome con fuerza y Kagome, por un rato, se dejó querer y mimar con ella. Realmente lo necesitaba.

Inuyasha e Ichigo salieron en busca de Kagome y Orihime pasado un rato. En el camino Ichigo puso a Inuyasha al tanto de lo que había pasado en los restos derrumbados de la cueva. También que las presencias de Naraku, Aizen y la Shikon no Tama habían desaparecido por completo del lugar, y el hecho que la Midoriko petrificada y los Youkai habían desaparecido también. Ichigo y las chicas los buscaron con ahínco pero no encontraron ni rastro de ellos en el lugar. Y entonces les llegó el alboroto producido por la mujer que estaba con Inuyasha y regresaron a buscarlo, aunque no supieran por lo que él estaba pasando.

—Demonios. No es la primera vez que ese cabrón desaparece sin dejar rastro —recordó Inuyasha, ya más acostumbrado a hablar con Ichigo. Ambos se dirigían hacia donde Inuyasha podía oler el aroma de ambas chicas.

—No me sorprende. Con todo, el tipo parecía tener muchas mañas escondidas.

Tanto Ichigo como Inuyasha habían tratado con tipos duros a lo largo de su vida de combates que parecían no acabar jamás. Pero para uno y para el otro tanto Aizen como Naraku eran sus respectivos enemigos jurados. Aunque si de enemigos jurados se trataba, Ichigo aun recordaba a Ulquiorra y su aparente e inalcanzable habilidad superior.

Alcanzaron a las chicas, y para cuando lo hicieron era ya de noche. Ellas estaban jugueteando, sentadas muy juntas a los pies de un árbol. Ichigo e Inuyasha se miraron confundidos, pues el dialogo de las chicas era tan raro, tanto, que era mejor no darle vueltas. Cuando ellas los notaron se levantaron y esperaron que ellos las alcanzaran bajo el árbol.

Los cuatro sabían que ya no tenía sentido buscar por allí a Aizen si su rastro, olor y Reiatsu terminaban en la cueva, así que decidieron volver a la aldea de la anciana Kaede. Pero decidieron pasar la noche en el primer claro de bosque que se encontrasen.

Ya establecidos allí alrededor del fuego, Ichigo le pidió a Orihime que lo acompañara a buscar comida, y ella entendió de inmediato sus intenciones por la significativa mirada que el chico le dirigió. Así que ambos se fueron de la acampada dejando a Inuyasha y Kagome solos.

Sentados junto al fuego y uno al lado del otro, entre Kagome e Inuyasha el silencio podía cortarse. Ninguno atinaba a decir palabra. Se miraban de rato en rato sin atreverse ninguno a tomar la iniciativa.

Cuando no pudo soportarlo más Inuyasha abrió la boca, pero…

—Perdóname… perdóname… —Kagome se había aferrado a la túnica roja de Inuyasha y le hablaba entre hipidos, escondiendo la cara en ella. A Inuyasha se le hizo un nudo la garganta. Su peor debilidad era el llanto de las mujeres. En especial el llanto de Kagome.

—No quiero que me odies… Ya no podría vivir sin ti ahora. Tres años sin ti fueron mucho, y ahora… y ahora… —gimoteaba Kagome, tratando de ganar aire entre sollozos.

Inuyasha sólo la abrazó con fuerza, intentado transmitirle toda su entereza y confianza mientras la apretaba contra su pecho.

—No seas tonta. Jamás te dejaría. Es más, era yo el que temía que fueras tú quien me deje a mí.

—¿De verdad?

—Sí. Pensé que creerías hasta el fin que yo me saque el collar por gusto —reconoció Inuyasha—. Es verdad que siempre pensé en hacerlo y en lo feliz que sería sin él, pero jamás me atreví a intentarlo siquiera. Y ahora que ya no lo tengo me siento vacío. Pero cuando estás tú conmigo, estoy completo.

—Inuyasha…

Kagome rompió a llorar otra vez y se aferró a él como si su vida dependiera de ello. De rato en rato le daba golpecitos en su pecho con sus puños cerrados, pero el sólo la tenía apretada en sus brazos. ¿Desde cuándo Kagome era tan frágil? Inuyasha tampoco se sentía muy contento con la idea de soltarla ahora. Además que el olor de ella lo embriagaba y, dada otra circunstancia, las ganas de hacer algo más que abrazarla se lo estaban comiendo.

Ya más sosegada, Kagome preguntó:

—¿Pero cómo perdiste el collar?

Inuyasha le contó entonces lo que le pasó. No omitió nada, ni el hecho que aquella mujer que apareció de la nada pudo quitarle y usar a Tessaiga, ni cómo lo hizo, ni el hecho de que lo besó.

—¡¿Ella te besó?! —Kagome estaba escandalizada y separó la cabeza del pecho de él.

—¿Raro no? —Y ni así Inuyasha captó el peligro.

¡Osuwari!

—¡Espera, no! ¿Eh? ¡Hahaha! ¡Ya no tengo el collar! —luego del susto, Inuyasha dijo lo último sin pensar.

—¡Eres un tonto, Inuyasha! ¡WAAAAA!

—No, por favor. Ya no llores.

Orihime e Ichigo habían visto casi todo, porque Ichigo pudo pescar rápidamente en un riachuelo cercano y ambos habían regresado sigilosamente. Se miraron sonrientes, porque todo se había aclarado entre esos dos, o casi…

Al día siguiente los cuatro emprendieron el camino de regreso a la aldea de la anciana Kaede. Les tomaría otros tres días regresar, pero como no tenían pistas eso ya no les preocupaba demasiado. Al menos a dos de ellos, porque Inuyasha e Ichigo querían regresar rápido para pensar pronto en otras cosas que pudiesen haber hecho Naraku y Aizen en el tiempo que los perdieron de vista.

En el camino de regreso Inuyasha se había abierto más con Ichigo y Orihime y supo, sin darse cuenta de cómo, que eran de confianza. Kagome estaba contenta con eso. Y más cuando veía que Inuyasha e Ichigo iban a cazar juntos ahora, charlaban en sus ratos de espaciamiento, y se llevaban mucho mejor que cuando se conocieron. Inuyasha no era de los que enseñaban nada, pero Ichigo aprendía rápido sobre las cosas que Inuyasha le comentaba a la rápida y pronto aprendió como cazar sin sentir tanto remordimiento por los animales utilizados.

Tal vez demasiado rápido regresaron a la aldea de Kaede, porque los cuatro se habían divertido con el viaje de regreso, si ignoraban la angustia de no saber el paradero de aquellos dos desaparecidos. Al llegar a la aldea visitaron en tropel a Miroku y Sango. Allí se enteraron que Sesshomaru había regresado a visitar a Rin, pero se marchó antes de que ellos pudieran llegar y verlo. Tanto Orihime como Ichigo sentían verdadera curiosidad con Sesshomaru, porque se preguntaban qué tipo de persona era el hermano de Inuyasha.

—Es un idiota —era todo lo que él decía.

Rin los recibió radiante en casa de la anciana Kaede, que era donde vivía, pues hacía poco había visto a su "Sesshomaru-sama" y se había estado muriendo de ganas de verlo desde hacía tan sólo un mes que la había visitado por última vez. También la adoración que Rin le profesaba a Sesshomaru les incitaba la curiosidad a Ichigo y Orihime. Esa niña estaba aflorando sentimientos muy complejos por un Youkai y eso los intrigaba. Seguramente Sesshomaru era menor que Inuyasha, pero sabían que era imposible. ¿Entonces como era que esa niña estaba obviamente enamorada de aquel Youkai?

Luego de los reencuentros, saludos y dudas respecto al paradero de Aizen que compartieron en casa de Kaede una vez más, así como shock al saber que Naraku había vuelto a la vida, Ichigo se apartó del grupo y salió de la casa, dejando a Orihime con los demás.

Ichigo sacó el teléfono celular de entre su túnica negra, el que Urahara le había dado para la comunicación entre eras, y marcó. Milagrosamente ese aparato no se había arruinado con tantos vuelos y carreras.

—Iyaaaa, han pasado 6 días Kurosaki-san. ¿Algún progreso? —contestó Urahara desde el otro lado con su usual tono alegre.

—Calla y escucha —Ichigo no estaba de humor al recordar el tema—. Encontramos a Aizen, pero se nos escapó.

Sólo hubo silencio por un rato.

—Bueno. ¡Debió de haberse vuelto muy fuerte! —Urahara intentaba aliviar la tensión desde el otro lado. Tampoco mencionó el hecho que confirmaba la evasión de Aizen del Muken en su época. Lo cual era grave.

—No —corrigió Ichigo, derrotado—. Ni siquiera pudimos ver o averiguar hacia dónde se fue ahora.

—¿Qué pasó, Kurosaki-san?

—Es complicado de explicar. Sólo llamé para informarte, y porque olvidé que traía el celular conmigo...

—¡Qué malo, Kurosaki-san! Está bien, traten de regresar pronto.

Ichigo colgó. Era verdad, había olvidado que traía el condenado celular.

Ahora él y Orihime debían regresar a su época, asumiendo que el pozo también funcionara a la inversa. Seguro que sí, ya que Kagome les había mencionado que solía ir y venir de su casa en el presente. Ichigo miró hacia el grupo de amigos nuevos que tenía ahora a través de la puerta de la casa, y Orihime estaba con ellos. Parecía estarse divirtiendo. Era obvio que le dolería tener que regresar, a pesar que tenían deberes que cumplir con la vida en su mundo.

—Pareces derrotado…

La burlona voz de Inuyasha le llegó por detrás. Ichigo sólo cerró los ojos y contraatacó de inmediato.

—¿Lo dice quien ni siquiera pudo llegar a la cueva en cuestión?

—Cabrón…

Se miraron con furia, y luego sonrieron. Esa sería su relación ahora.

—¿Qué harán ahora? —preguntó Inuyasha parándose junto a Ichigo para mirar con él a la casa.

—Supongo que regresaremos a nuestra época. No tenemos la más mínima pista de dónde pudo irse el infeliz de Aizen o si sigue con vida.

Ichigo aún no se acostumbraba a la vista de Inuyasha sin su acostumbrado rosario de kotodamas en su cuello. El mismo Inuyasha no dejaba de sobrase el cuello de vez en cuando, como si tratase de calentar esa parte de su cuerpo que ahora carecía de calor por algún motivo.

—¿Dijiste que una mujer con alas te arrancó el rosario? —recordó Ichigo con curiosidad.

Inuyasha notó que su comportamiento había delatado su ansiedad—. Sí. Jamás había visto a alguien así. Bueno, quitando a la voluptuosa de tu mujer.

—¡Inoue no es mi mujer! —se escandalizó Ichigo, enrojeciendo.

—¿Qué es entonces?

—Mi… ¿Mi novia…?

—Bueno, para mi ninguna definición es la correcta —aclaró Inuyasha, llevando los brazos detrás de la cabeza—. La que más se acerca a la relación que tengo con Kagome es "Mujer" y ya. Además, lo es mucho más si… cómo te lo pongo sin que hagas un escándalo… si tu "novia" ya se ha apareado contigo.

La reacción no pudo ser peor. Ichigo pudo masterizar a la primera la forma gigante que Kagome adoptaba siempre que Inuyasha decía o hacía algo que la disgustara. El Ichigo gigante se cernió sobre Inuyasha que, espantado por el parecido de los ojos de Ichigo con los de Kagome, retrocedió un paso. Pero luego recordó quien era el que tenía delante y se impuso.

—Apa… apa… ¿Aparearse? ¡No pudiste elegir peor palabra! ¡Por lo menos llámale hacer el amor!

—Kagome me dijo lo mismo —reconoció Inuyasha, rascándose la barbilla—. Kikyo le llamaba "dormir juntos", aunque de dormir la cosa no tenía nada…

Inuyasha se detuvo. Aunque Kagome y Kikyo eran la misma persona a través de quinientos años, sus personalidades, actitudes y vivencias, en especial las que tenían que ver con él, eran totalmente distintas.

—¿Kikyo? ¿Acaso estuviste con otra mujer aparte de Kagome? —preguntó Ichigo, desconfiado.

—Hace mucho. Es complicado de explicar —le respondió Inuyasha lacónicamente, recordando la complicada relación entre Kagome y Kikyo y que de seguro no se olvidaría nunca.

—Si nos volvemos a ver, tomémonos una copa y me lo cuentas —ofreció Ichigo con inocencia y las ganas de saber sobre el asunto le ganaron.

—Mocoso ¿Acaso tú bebes? —inquirió Inuyasha con altanería.

—En la Universidad me han enseñado de todo —era sólo la verdad, pues allí Ichigo también había aprendido que ciertos lazos podrían forjarse con una copa de por medio.

—¿La qué?

Antes que Ichigo le respondiera, Kagome y Orihime se habían acercado a ambos para oír su conversación. Pero Ichigo dejó de hablar abruptamente y les sonrió con nerviosismo. Inuyasha sólo suspiró altanero, y miró a otro lado.

—¿De qué hablaban ustedes dos? —Kagome preguntó al notar su actitud.

—De que Inoue y yo ya debemos marcharnos —respondió Ichigo rápidamente.

—¿Tan pronto? —le respondieron Kagome y Orihime al mismo tiempo.

—No hay de otra .Tengo que ir a informar sobre lo que pasó aquí y ver qué haremos ahora. —respondió Ichigo resignado. Orihime lo miraba con ojos tristes.

—Inuyasha ¿Qué tal si vamos con ellos? —preguntó Kagome—. De todos modos quiero visitar a mi mamá y ver cómo están las cosas.

—¡Puedes ir en cualquier momento!

—Pero podemos aprovechar ahora, y así acompañamos a Orihime-chan y a Ichigo-kun de vuelta a casa.

—¡Genial! ¡Será más divertido si Kagome-chan e Inuyasha nos acompañan! —Orihime literalmente daba saltos de alegría.

—¡Keh!

Inuyasha simplemente elevó la nariz. Al menos ahora tenía algo qué hacer, pues sin olores ni pistas estaba totalmente desorientado. Qué malo era no tener a dónde ir.

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