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TOOAH: Capitulo 05 - Por un Mundo sin Kikyō

 

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TOOAH: Capitulo 05 - Por un Mundo sin Kikyō

A su alrededor Inuyasha sólo podía oír el ruido de las hojas en los arboles al ser sacudidas por el viento. Y la brisa le agitaba el cabello mientras poco a poco iba recobrando algo de sus sensaciones. Debajo, la hierba del bosque le impregnaba con su olor la nariz. Debajo de su cuerpo habían rocas duras y pequeñas, y su túnica traía consigo un olorcillo a quemado inconfundible. ¿Dónde demonios estaba?

Se despertó con brusquedad, al recordar de golpe la razón por la que había salido disparado por los aires y había aterrizado en un lugar tan alejado, al menos desde donde sabía que estaba la cueva. Pues sentado allí en la hierba del bosque con Tessaiga yaciendo a su lado en su forma normal, podía oír sin problemas el ruido de un riachuelo cercano, los espantados animales cerca de él, la dirección del viento y otras cosas. Pero lo que más le llamó la atención fue el olor que sentía más cerca que ninguno.

Esa mujer tan voluptuosa estaba cerca y era la única que lo estaba de los tres que Inuyasha echaba en falta. De modo que Inuyasha se levantó, envainó a Tessaiga y siguió el curso que el aroma de esa mujer le trazaba a su olfato. Y entre arbustos y árboles no tardó en encontrarla, recostada con los brazos extendidos y partes de su revelador atuendo rasgadas.

Ella estaba inconsciente pero milagrosamente viva, luego de haber volado junto con la cueva y de caer de semejante altura a tal velocidad. ¿Era que acaso los seres humanos de la época de Kagome eran más resistentes entonces a los golpes? Eso era imposible.

Con una rápida inspección Inuyasha pudo notar que ella no se había roto nada. Era sorprendente. De modo que su primer impulso fue despertarla, pero luego se lo pensó mejor. Tener a esa mujer despierta significaría una distracción innecesaria además de un incordio porque, o se pondría a llorar por el shock o lo incordiaría con temas innecesarios, como sus orejas de perro por ejemplo. 'Condenada mujer', pensó Inuyasha con ironía y diversión por la divertida cara de esa boba incluso estando inconsciente.

De modo que la hizo incorporarse con suavidad, pero no sabía cómo transportarla más cómodamente. Si la llevaba en sus brazos perdería una importante defensa delantera y se ganaría una preocupación por el peligro de soltarla, tal vez desde un lugar elevado, y no podía arriesgarse a que ella sí se rompiera algo esta vez. Soltarla era imposible y él lo sabía pero prefería no arriesgarse. Rascándose la cabeza con algo de impaciencia, Inuyasha pensó que la mejor opción sería cargarla en su espalda.

Una vez con ella apoyada en su espalda, bien sujeta por los muslos para asegurarse que no cayera y todavía inconsciente, Inuyasha emprendió la carrera en dirección a la cueva y en busca de Kagome. Trataba de ignorar los pinchazos que le producía la preocupación por ella en su pecho, llevando sus pensamientos a otros derroteros. Como en cómo diablos Naraku pudo regresar a ese mundo; cuál sería el objetivo de Aizen con la Shikon no Tama; que ese mocoso altanero de pelo naranja pudiera cuidarse; y en lo ridículamente enormes que eran los pechos de la chica que cargaba en su espalda, ya que se apretaban contra ella inevitablemente.

Mientras se movía en dirección hacia donde esperaba que estuviesen los otros dos, Inuyasha no pudo evitar sorprenderse por la distancia en que las dos explosiones lo arrojaron. La primera había conmovido la cueva desde los mismos cimientos, arrojándolos como muñecas de trapo al exterior, y la segunda explosión trajo el miasma de Naraku consigo. Por pura suerte también, la mujer no se había visto envuelta en ese veneno, pues se habría visto muy perjudicada. Mirando alrededor Inuyasha se confirmó una vez más que de veras que estaban lejos, y una vez más recordó que la chica que llevaba en la espalda pudo sobrevivir a semejante porrazo. ¿Cómo lo haría? Ojalá que Kagome también estuviera bien.

Ichigo suspiró entre sueños. Estaba en aquél viejo templo con aquella niña tan amable y algo parlanchina que le había ayudado tanto, mientras que Yuzu y Karin se despedían con tristeza de ella, y su padre los miraba comprensivo. La pequeña Kagome se despedía de ellos agitando el brazo y sin perder su radiante sonrisa, tomada de la mano por su mamá. Era lo último que recordaba de ella.

De pronto el dolor de su reciente caída le llegó a Ichigo súbitamente, desde los dedos de los pies hasta la coronilla. Y el peso de alguien encima de él ayudaba a acrecentar esa sensación de incomodidad que sentía desde hacía rato sobre él allí donde estuviera yaciendo.

Abrió los ojos y lo primero que vio fue a Kagome descansando boca abajo inconsciente sobre él.

Ichigo se incorporó, y preocupado le sintió el pulso. Ella estaba bien, sólo que inconsciente y no era para menos. Además su traje de sacerdotisa estaba rasgado y maltrecho en algunas partes. Qué alivio. Estaba aliviado porque a pesar de haberla atrapado apenas en el mismo aire cuando salieron volando con la primera explosión, cabía la posibilidad que ella se hubiese lastimado gravemente con lo de la caída, las rocas y todo lo demás. Gracias a Dios ella estaba bien.

De inmediato Ichigo se levantó, la cargó hacia un árbol cercano y allí la hizo recostarse. Luego Ichigo miro a su alrededor. Estaban muy lejos de donde partieron, pero no era la primera vez que un poder enorme lo mandaba a volar. Ichigo aun recordaba a Zaraki Kenpachi, capitán de la Onceava División del Gotei 13 en la Sociedad de Almas, y sus arranques de efusividad, con reiatsu y vuelos incluidos.

Él y Kagome estaban en alguna parte de una montaña, pues veía todo desde una perspectiva muy elevada. Un bosque enorme se extendía muy lejos, había más montañas en la lejanía, y en medio del bosque una columna de humo púrpura oscuro se elevaba al cielo… ¡púrpura! Aquél humo le traía a la mente el recuerdo del veneno de la Zanpakutou de Kurotsuchi Mayuri, capitán de la Doceava División, veneno que había tenido la malísima suerte de probar alguna vez.

Volvió al árbol donde había dejado a Kagome descansando, y la levantó para colocarla sobre su hombro y llevársela con él hacia el lugar de la explosión, pero a lo mejor la dejaría no muy lejos de allí para que ella no corriese más peligro. Aunque ella le había dado la impresión de ser más fuerte de lo que aparentaba a simple vista y con su delicada apariencia. Cuidadosamente, con ella colgando en su hombro, Ichigo comenzó a correr hacia los restos humeantes de la cueva. En su interior el frío se sentía y él trataba de ignorarlo esperando que Orihime estuviera bien.

Inuyasha ya llevaba largo rato dando saltos por las ramas de los árboles y aun no podía llegar a su destino. ¿Qué tan lejos habían salido disparados? Y aunque hubiera querido no podía dejar de pensar en Kagome y esperar que ella estuviese a salvo. Pero no podía descubrir su aroma aún, y el viento iba en su favor, lo que le dificultaba mucho más las cosas pues se llevaba los olores que venían desde la dirección de la cueva.

Pero mientras corría y cavilaba, notó una extraña sensación en sus orejas, y no pudo evitar moverlas en todas direcciones para eludir las suaves manos de la chica que intentaban agarrarlas, les hacían cariños y las rascaban cariñosamente por detrás. Inuyasha mentiría si dijera que no le gustaba, pero él no era ningún perro.

—Si no paras ahora, aquí te dejo.

—Sólo un poquito más… —Orihime se había despertado y estaba jugando con sus orejas en su cómoda posición en la espalda de Inuyasha, mientras este seguía saltando y corriendo.

—Qué mujer tan tonta.

Inuyasha dejó que ella se diera el gusto, pues no tenía ánimos de impedírselo en ese momento. Por lo que se concentró en ir muchísimo más rápido, pues ya no existía el riesgo de despertarla.

—¡Arre! —se entusiasmó Orihime al sentir la velocidad, extendiendo las piernas y brincando en la espalda de Inuyasha, y sobre los brazos que la sostenían.

—Tampoco soy un caballo —fue lo que pudo refunfuñar el otro.

Kagome se despertó en la posición más absurda que hubiera esperado. Se encontraba colgando por la cintura del hombro de alguien, y sólo veía el suelo alejarse y acercarse a medida que esa persona daba gentiles saltos en el aire al moverse.

—Hum… Ichigo-kun… ¿Te importaría bajarme?

—Oh, ¿despertaste?

Ese alguien era Ichigo, y aunque la situación era un poco cómica por cómo él las trataba a ella y a Orihime, como sacos de patatas muy delicados, había algo en sus acciones que denotaba su genuina preocupación por su bienestar. Ichigo se detuvo en medio del bosque por el que corría y suavemente bajó a Kagome de su hombro.

—¿Dónde estamos? —preguntó Kagome, mirando alrededor.

—Dímelo tú. Yo no conozco nada en este lugar —respondió Ichigo.

Kagome miró alrededor. Estaban en un bosque, y no sentía la presencia de Inuyasha ni la de Orihime cerca. Sólo la conocida presencia de la Shikon no Tama, que no sentía desde hacía tres años, a lo lejos.

—Tampoco yo lo sé, pero la Shikon no Tama está cerca —dijo Kagome, apretando las manos sobre su pecho.

—Shikon… ¿Te refieres a esa perla antigua?

—La misma—reconoció Kagome, preocupada por tener ese viejo mal entre ellos otra vez. —Aparentemente regresó a este mundo. Aunque no se me ocurre cómo.

—Debe ser cosa de Aizen —sentenció Ichigo con rabia—. Seguro ese bastardo encontró la manera…

Así fue, según Ichigo recordaba. Aizen había hecho algo con el Hougyoku artificial que tenía y los restos de Midoriko en la cueva. Su poderosa energía había contribuido también a que aquella supuestamente todopoderosa joya estuviera en circulación otra vez.

—Ahora es la menor de mis preocupaciones —dijo Kagome, sujetándose los brazos con ambas manos, abrazándose—. El hombre que revivió junto a la perla está de vuelta en este mundo, y ahora hay que pensar cómo detenerlo de nuevo.

—¿Era ese tipo de voz burlona? —recordó Ichigo—. Su primera explosión fue bastante poderosa, pero la segunda sí que me preocupó, tenía un poderoso miasma. Si nos tocaba estaríamos envenenados.

—Lo sé. El Shouki de Naraku es muy fuerte.

—¿Así se llama el tipo? —preguntó Ichigo, confirmando el nombre que Inuyasha ladraba hacía rato con tanta rabia—. A lo mejor él y Aizen se matan el uno al otro, estaban en el mismo lugar.

—Tal vez.

—¿Y no estás… preocupada por el orejas de perro?

—¿Inuyasha?

Kagome miró a Ichigo, y luego apartó la mirada y se acercó a unas flores que estaban cerca, se agachó y acercó una a su rostro para olerla—. No, él es muy capaz de cuidarse solo.

Ichigo guardó silencio por un rato, hasta que Kagome lo rompió preguntando sin levantarse.

—¿Y tú no estás preocupado por Orihime-chan?

Ichigo no pudo evitar agachar la cabeza. Desde que despertó no podía evitar desear con todas sus fuerzas que Orihime estuviera a salvo.

—Ella es fuerte. Seguro que está bien —dijo Ichigo, con voz monocorde.

—De todos modos, creo que lo primero que ambos harán es ir de regreso a la cueva, si es que salieron volando tan lejos como nosotros —dijo Kagome, en parte para aliviar la tensión. Y se volvió hacia Ichigo con una sonrisa, levantándose del suelo—. Así que debemos alcanzarlos o esperar por ellos allá.

—Sí —le respondió Ichigo, sintiendo la tranquilidad que la sonrisa de Kagome regalaba.

De modo que antes que ella pudiera decir nada más, Ichigo la tomó por la cintura y la puso sobre su hombro una vez más, y salió disparado hacia donde se podía ver una columna de humo púrpura subiendo muy alto en el cielo.

Inuyasha y Orihime hablaban mientras avanzaban hacia la cueva. Él lo hacía para distraerla y así ella dejara de tocarle, jalarle y acariciarle su cabello y orejas. Inuyasha se sentía como un animalito pequeño en manos de su dueña infante, pero Orihime le hablaba y respondía sin cesar ni por un instante en su labor de darse el gusto. Ella ya le había contado que sobrevivió a la horrible caída usando sus Rikka para que la protegieran poco antes de perder el conocimiento.

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—¿Ese Aizen es tan fuerte como dicen? —le preguntó Inuyasha, saltando por las ramas de altos árboles.

—Es mucho muy fuerte. A Kurosaki-kun le costó muchísimo derrotarlo… —le dijo Orihime, con dos mechones del largo cabello de Inuyasha en ambas manos.

—Con suerte él y el bastardo de Naraku se matarán el uno al otro —siseó Inuyasha, mirando al frente.

—¿Naraku-san…?

—Naraku es…

Inuyasha le explicó a Orihime quién era Naraku, lo que había hecho y su enemistad con él desde hacía tiempo, pero omitió detalles referentes a Kikyo. Para Inuyasha, el saber que Naraku estaba vivo otra vez le hacía recordar a Kikyo inevitablemente.

—Waaa. Naraku-san parece ser muy malo —dijo Orihime ingenuamente, cuando Inuyasha acabó de resumirle su experiencia y la de Kagome con Naraku de hacía tres años.

—¡Keh! Puedes apostar que sí —le respondió Inuyasha sin impacientarse.

Cuando sintió por el olor del veneno que ya estaban cerca de la cueva, Inuyasha ya recordaba el lugar por el que iban, y sabía que faltaba poco. De modo que afianzó su agarre sobre Orihime para no dejarla caer y aceleró aún más el paso.

—¡Arre! —se emocionó ella otra vez.

—¡Que no soy un caballo!

Pero no pudo evitar el atisbo de una sonrisa asomándole en los labios.

—Creo que ya pronto llegaremos —decía Kagome por séptima vez, viendo el terreno que tenía delante al avanzar.

Le había pedido a Ichigo que si la iba a llevar así, colgando en su hombro, por lo menos le permita ver el camino de adelante. Por lo que Ichigo la bajó, y la volvió a cargar del revés.

—Sí, séptima es la vencida —ironizó Ichigo.

—Pues ya verás que sí —le respondió Kagome con dignidad.

Y no se equivocó. Pronto llegaron a un claro en el bosque en el que hacía tiempo debió pasar alguna explosión o algo lo suficientemente destructivo, porque no había un solo árbol en un radio de trescientos metros. Se detuvieron allí e Ichigo bajó a Kagome de su hombro pues notó al fin el reiatsu de Aizen más adelante, así como la presencia de esa Perla tan poderosa.

Pero mientras miraban a los árboles de enfrente que ocultaban la destruida cueva, pero no la ascendiente columna de humo en el cielo, pensaban si debían o no adelantarse e ir a ver la cueva que estaba a unos centenares de metros. Luego oyeron voces por detrás de ellos, desde el bosque que tenían detrás.

—¡…tengo orejas de perro, pero ni soy perro ni soy caballo!

—Lo sé, Inuyasha. ¡Pero no puedo evitarlo!

—¡Haz el esfuerzo!

—¡No puedooo-!

Inuyasha y Orihime aterrizaron muy cerca de Ichigo y Kagome en medio de su divertida conversación, pero no los vieron. Kagome de inmediato notó la manera en que Inuyasha llevaba a Orihime apoyada cómodamente en su espalda y sostenida con seguridad, y no pudo evitar sentir ciertos celos. Pero los disimuló y se los señaló a Ichigo.

—¿Ves? Así es como debes llevar a una chica.

—¡Bah!

—¡Inuyasha! ¡Orihime-chan! —les gritó Kagome para que ellos los notaran.

—¡Ah! Son Kurosaki-kun y Kagome-chan!

Inuyasha los vio también, y cambió de rumbo, dirigiéndose hacia ellos, dejando salir su alegría de ver que Kagome estaba a salvo.

—¡Kagome! ¡Kagome!

Kagome estaba contenta de ver que Inuyasha estaba bien. Lo sabía desde siempre, pero nada era mejor que confirmarlo. Ella e Ichigo también avanzaron hacia Inuyasha y Orihime.

—¡Kurosaki-kun!

Ichigo también estaba resoplando de alivio. Para él era mucho más difícil tener la certeza que Orihime estuviera bien mientras no lo comprobara con sus propios ojos. Ichigo pensaba que luego podría barajar la posibilidad de agradecérselo al imbécil que la trajo de vuelta a salvo. Era un gran alivio ver que ella estaba bien, exceptuando que ahora su atuendo era mucho más revelador por las rasgaduras en los sitios más absurdos.

Los cuatro estaban muy alegres de comprobar que todos estaban bien. Al llegar junto a ellos Inuyasha se agachó y dejó que Orihime se bajara de su espalda. Luego Inuyasha se acercó a Kagome y la abrazó con fuerza, levantándola del suelo.

Orihime se acercó rápidamente a Ichigo y le rodeó el cuello con un fuerte abrazo, que al principio Ichigo no pudo corresponder por pena, pero viéndola tan feliz le devolvió el abrazo con mucho sentimiento, pues el cuerpo se lo pedía.

—¡Escucha, Kurosaki-kun! ¡Inuyasha es muy rápido! —le contó Orihime feliz, cuando se separó un poco de Ichigo.

—¿De veras? —le respondió Ichigo divertido.

—¡Sí! ¡Me cuidó mucho, y me trajo como un caballito!

—¡Keh! No lo volveré a hacer, así que será mejor que no te acostumbres, chica boba —le respondió Inuyasha por encima de la cabeza de Kagome, que había ocultado su rostro en la roja túnica de Inuyasha. Orihime no lo tomó a mal, sino que sólo sonrió porque había estado con él el tiempo suficiente para saber que Inuyasha no lo decía en serio.

—Inuyasha, no seas malo —lo reprendió Kagome separándose un poco, y enjugándose las lágrimas con la enorme manga blanca de su kimono de Miko.

—Créeme, no querría volver a hacerlo. Además lo único que pesa en esa chica son sus pechos —dijo Inuyasha inconscientemente, incapaz de cerrar la boca. Orihime sólo sonrió, un tanto abochornada. Ichigo frunció el entrecejo aún más, y Kagome se separó de Inuyasha con una mirada asesina.

Osuwari. —dijo Kagome simplemente.

Inuyasha cayó cuan largo era de cara al suelo. Hubiese acabado allí, pero al intentar levantarse otro Osuwari lo volvió a tender en el suelo. No se acabó allí tampoco, porque Kagome parecía dispuesta a enterrarlo vivo, mientras Inuyasha penetraba más y más en el suelo y sólo podía quejarse con ruidos guturales cada vez que se daba de cara contra el suelo.

Orihime se abrazó a Ichigo y este la reconfortó con sus brazos al ver la brutalidad del asunto. A ninguno de los dos jamás se le hubiera podido ocurrir que Kagome fuese tan violenta, si era tan amable con todos. Seguro los asuntos de Inuyasha le sacaban el diablo en el cuerpo a la gentil Kagome, que se veía imponente mientras decía su conjuro. A Inuyasha casi ya no se le veía, pues había ido hundiéndose más y más en el suelo con cada Osuwari que Kagome pronunciaba.

¡Osuwari! ¡OSUWARI! ¡De modo que lo único que notaste de Orihime-chan fueron sus pechos! ¡Eres el peor! ¡Osuwari!

—¡Noooooooooooooooooooo!

Con un último y cansado suspiro, Kagome se dio vuelta dirigiéndose hacia la cueva. Y fulminando a Ichigo y a Orihime con la mirada les dijo imperativamente: —Vamos.

Ninguno de ellos se atrevió a contradecirla, de modo que silenciosamente se tomaron de la mano y siguieron a la furibunda Kagome en dirección a la cueva, tratando de no mirar el hueco con forma humana por el que pasaron.

—¡Ey, no me dejen aquí! —gritó Inuyasha desde el fondo del hueco con su forma, en el que había sido abandonado.

En medio del caos que provocó, Naraku estaba flotando tranquilamente, sin ninguna preocupación. Con toda la calma del mundo se examinó las manos, el cuerpo, y su atuendo de mandril, tan blanco y clásico como la primera vez. Y en su mano derecha la Shikon no Tama brillaba con un resplandor hermoso, rosado e inmaculado. No había sido corrompida aún y ya era la hora. Y su maldad hizo negro aquél puro resplandor en la esfera dentro de su mano.

Luego que la perla estaba contaminada con su Jyaki, su maldad, Naraku miró alrededor para ver dónde estaba. La cueva. Era la cueva donde Midoriko había producido la perla la primera vez. Muy apropiado. ¿Pero cómo había pasado eso? Su deseo final había sido que Kagome terminara dentro del Meidou de Inuyasha si él, Naraku, moría. Y si sí había muerto, ¿por qué entonces estaba de vuelta en aquél mundo?

Pero luego recordó. En aquél mundo ya no estaba Kikyo.

La sensación de malestar, extraña y humana que tanto odiaba, creció en su corazón podrido. Como la maldad imperaba en su mente y sus acciones, al ser creado de la unión de un avaricioso humano y un montón de malvados Youkai, la idea del amor le era risible y ridícula. Pero era precisamente ese corazón de hombre, corrompido y codicioso por aquella estúpida mujer el que le producía la ansiedad y la sensación de vacío al verse allí, sabiendo que Kikyo no estaba más en ese mundo. ¿Qué hacer? No podía recordar su objetivo, el objetivo que tuvo antes de morir la primera vez. Sólo su deseo interno de poseer a la sacerdotisa tan compasiva, hermosa, majestuosa y miesteriosa que lo había cuidado, cuando nadie más lo haría.

Sin embargo eso no quería decir que no aprovecharía la oportunidad que se le había dado. Descubriría el cómo y por qué después. Aunque tal vez, tuvieran algo que ver con el hombre que intentaba cortarlo en dos en aquel momento.

Aizen esgrimió su espada e intentó cortar a Naraku, sólo para ver cómo el más poderoso de los campos de protección que hubiera visto hasta ahora retenía el ataque y hacia que su katana le devolviera el golpe con fuerza. Como si un niño inexperto golpeara una dura piedra con el machete de su padre.

—Qué hostil, mi nuevo amigo. ¿Ni siquiera te presentas? —le preguntó Naraku a Aizen con tono burlón. Aizen sólo lo miró con tranquilidad, en medio del remolino de veneno, que poco a poco empezaba a notar.

—Es muy admirable, tu campo de energía. Debe ser el más fuerte que haya visto —observó Aizen.

—Qué honor. Es una lástima que no me importen los halagos.

Un tentáculo de carne salió de dentro de la túnica de mandril y luego del campo de energía, y atacó a Aizen que lo esquivó con un perezoso giro en su negra capa. Y Aizen reapareció detrás de Naraku, pero una vez más esa brillante esfera detuvo su letal estocada.

Descartando esta táctica al ver que ni con su reiatsu lograba penetrar la barrera, Aizen reapareció en otro sitio desde el cual recitó:

"La cresta de la turbidez, se filtra hacia fuera. Un buque de la locura insolente. Hervido, negar, entumecimiento, parpadeando, obstruyendo el sueño. La princesa de acero que se arrastra. El muñeco de barro, cada vez se desintegra. ¡Unida! ¡Oponiéndose! ¡Llenado de la tierra, conoces tu propia impotencia! ¡Hadou no Kyuu Juu: Kurohitsugi!"

Naraku vio hacia arriba, hacia una negrura insondable que lo encerró en medio de una total oscuridad. Él y su esfera de energía estaban atrapados dentro de la más oscura situación en la que se hubiera encontrado jamás y así se lo hizo saber su instinto, pero dentro apretó la perla negra en su mano derecha, y el brillo de su campo se intensificó, justo en el momento en que de la oscuridad surgieron cuchillas, que raudas se dirigieron hacia él. Pero su campo las rechazó con total facilidad.

Sin embargo, la habilidad y el poder requerido para poder hacer algo semejante eran remarcables. Naraku podía sentirlo en el aire y dentro de su esfera. No podía permitirse subestimar a este sujeto tan interesante.

Aizen vio con asombro que su poderosa técnica con Kido no le hizo mella al campo del tipo de los tentáculos, y vio que estos, al ser cortados por Aizen, se unían otra vez y se regeneraban si estaban fuera del campo. Tenía también una vaga idea acerca de la posible identidad del sujeto. Con su largo cabello negro, su mirada astuta, su traje de mandril cubriendo su cuerpo, y la presencia de la joya contaminada en su mano derecha brillando de color negro, no le dejaba casi ninguna duda a Aizen que se trataba del Youkai que, como Inuyasha, estaba en los registros de la Sociedad de Almas: Naraku. La Shikon no Tama de veras era increíble, si se había traído consigo a semejante estorbo. Debía poner sus manos sobre ese poder y pronto.

Naraku desplegó más tentáculos, mucho más fuertes que los primeros, pero Aizen los esquivaba con perezosos movimientos y los cortaba como si fueran fruta. No podían seguir así, el uno protegido eternamente en un campo irreductible y el otro con una superior habilidad de combate. Para poder derrotarse les costaría todo su ingenio e inventiva para poder aprovechar cualquier instante de debilidad o distracción en su oponente.

Ambos contendientes se miraron a los ojos. En ambos se reflejaba una expresión de avidez y frialdad. Ambos se leían mutuamente, y ambos sabían lo que venía a continuación.

Dentro de su campo de energía, Naraku sacó una espada de alguna parte. La cuchilla de la espada se volvió negra, con un ligero resplandor morado en los bordes de la hoja, y Naraku, dándose vuelta hacia la nada, agitó la espada hacia allí.

Una esfera negra salió de la espada. Parecía hecha del mismo material que la hoja, y se podían apreciar galaxias y estrellas en medio de su oscuridad total mientras la esfera crecía en tamaño hasta ser tan grande, que dentro podría caber una multitud de personas sin problema. Aizen observó cauteloso, cómo Naraku elevaba un brazo y solícito le ofrecía el paso, al tiempo que su campo de energía se desvanecía a su alrededor.

—Después de ti.

Y Aizen, comprendiendo el mensaje y así como así, envainó su espada ocultándola en su negra túnica, y se adelantó hacia aquella oscuridad, cuidándose de no tocar el borde de aquella esfera tan parecida a las Gargantas de los Hollow. Una vez adentro, se mantuvo flotando en la oscuridad con su reiatsu, y materializó un brillante puente de reiatsu en el que Naraku y él se posaron, después de que este entrara flotando tras él.

—Ambos debemos ser muy estúpidos para darnos la espalda de este modo —observó Aizen, mirando a Naraku parado en la entrada a la esfera, con la poca luz opacada por el humo que entraba allí desde afuera.

—Tal vez. Realmente no importa —reconoció Naraku—. No tengo intención de entregarte la perla, ni puedo derrotarte con ningún medio que conozca. Así que, ¿qué más da? Lo que aguarda en lo desconocido puede ser más interesante que una eterna batalla… ¿Qué me dices?

—Eso significaría que estás dispuesto a… compartir el poder de la joya —comenzó Aizen, pronunciando con calma las palabras—, porque…

—…esta vez no me queda opción —continuó Naraku.

—Bien por mí —concedió Aizen—. Lo que me has mostrado ahora supera cualquiera de mis previsiones. Pero descuida —sonrió—. Soy un maestro convenciendo a otros acerca de las acciones a tomar.

—Suena a que tienes un plan —dijo Naraku, sonriendo otra vez.

—Ambicioso. Capaz de conmover los cimientos del mundo y tal vez del universo mismo…

—Estoy ansioso por oírlo…

—Antes, ¿qué es esta técnica tan… oscura? —preguntó Aizen, mirando alrededor. Estaban sobre su puente de brillante reiatsu, y el puente flotaba en la oscuridad.

—Originalmente, esta técnica se llama Meidou Zangetsu Ha —explicó Naraku al expectante Aizen, con calma—, y sirve para enviar al enemigo con el que se usa al infierno. El padre de Inuyasha la dominó, para poder heredársela a Inuyasha luego de que su hermano Sesshomaru se la regalara. Y antes de morir yo le robé una forma de ejecutarla sin usar su Tessaiga. Así pude descubrir que, con los ajustes necesarios —Naraku alzó la mano que sostenía a la negra Shikon no Tama— se la puede usar para ir donde uno lo desee. Ahora dime, porque pareces muy inteligente y de seguro ya lo sabes, ¿a dónde crees que nos lleva?

Era una pregunta capciosa, pero Aizen no era ningún imbécil.

—La Perla orientará a la espada, ¿no es así?

—Es emocionante —reconoció Naraku, con una sonrisa macabra—, el no saber a dónde vas…

La salida detrás de Naraku se cerró. Y así ambos iniciaron el viaje, caminando encima del brillante sendero y sobre aquella oscuridad.

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