buscar

Home

TOOAH: Capitulo 04 - La Resurrección de la Araña

 

[​IMG]

TOOAH: Capitulo 04 - La Resurrección de la Araña

En los días que siguieron luego de dejar la aldea, Inuyasha, Ichigo, Kagome y Orihime siguieron la pista que el olfato de Inuyasha y los rastros de reiatsu que Orihime sentía y que les marcaban el camino, acerca de la ruta que hubiera seguido Aizen. Inuyasha y Kagome no salían de su asombro todavía al enterarse que en la época de Kagome aún existían seres de semejantes poderes y habilidades que los Youkai, ni que dos de esos seres estuviesen viajando con ellos ahora. Sin embargo, esa revelación no les afecto al momento de decidir que debían detener al ser llamado Aizen a cualquier costo.

El viaje que seguían era nuevo para Ichigo y para Orihime, pues no conocían el lugar, y estaban en un sitio totalmente diferente a los que habían estado hasta entonces. Era su propia tierra, pero quinientos años atrás y, aunque habían oído algo y sabían hechos históricos importantes del lugar y la época, lo que veían sus ojos respecto a las criaturas y algunas de las costumbres de la gente eran algo que definitivamente no habían visto que se mencionaran en ningún libro de historia, y hacían del viaje algo muy llamativo. Por ello se sentían como turistas en una tierra extranjera e encantadora.

Inuyasha seguía con su actitud de siempre, totalmente a la defensiva. Aun no confiaba en Ichigo, y respecto a Orihime, no le quedó más remedio que aceptar que era una humana excepcional con poderes sobrenaturales, y con un cuerpo también sobrenatural que definitivamente hipnotizaba a los ingenuos humanos que se cruzaban en su camino. Los pobres terminaban hablando con ellos pero sin apartar los ojos de la delantera de Orihime. Cuando Ichigo crujía los nudos de sus puños era la señal que Kagome y Orihime interpretaban a la perfección para alejarse.

Ichigo sólo contaba con el hecho de que Kagome confiaba en Inuyasha. Ichigo jamás pudo olvidar que Kagome fue un gran consuelo siendo niño, y el hecho que ella pusiera tanta fe en alguien era suficiente para él.

Kagome iba dividida entre la felicidad de haber vuelto a ver a Ichigo, y algo resignada a que Inuyasha mantuviese su desconfianza hacia él. Se consolaba pensando que terminaría en una relación de respeto mutuo, algo parecido a cómo Inuyasha se llevaba con Koga o Sesshomaru. Y sobre todo, el volver a viajar de esa forma con Inuyasha la hacía muy feliz.

Orihime iba como siempre, con un eterno entusiasmo y con ganas cada vez más incontrolables de tocarle las orejas a Inuyasha. Al ser una persona respetuosa por naturaleza Orihime no se había atrevido a hacerlo, pero le podían las ganas. Kagome no dejó de notarlo en el rostro de la chica, graciosamente ávido por dejarse llevar por su impulso. Kagome no podía evitar sonreír ante la situación.

Durante el día se detenían sólo para lo más básico: comer, dormir y otras cosas. La comida se encargaba de Inuyasha de obtenerla, pues Ichigo, a pesar de ser muchísimo más rápido que Inuyasha, le temblaba la mano a la hora de matar a algún ciervo, jabalí o cualquier animal para poder usarlo de almuerzo o para la cena por las noches. En las noches Inuyasha y Kagome dormían como en los viajes que realizaban antes, sólo que esta vez faltaban Miroku, Sango, Shippou y Kirara; pero en su lugar tenían a Orihime e Ichigo. Kagome y Orihime dormían en bolsas de dormir que inteligentemente se trajeron consigo desde la aldea; mientras que Inuyasha dormía sentado, con los brazos y las piernas cruzadas, con los sentidos bien agudizados como siempre, y sus orejas moviéndose con cada sonido nocturno. Ichigo decidió seguir su ejemplo y también dormía sentado, con su espada Zangetsu cerca por cualquier eventualidad.

Eran las noches también cuando Inuyasha reconocía internamente lo mucho que añoraba ya su vida tranquila junto a Kagome. Tan sólo era la noche luego de dejar la aldea, y él ya estaba ansioso por hacer a Kagome suya como era su costumbre cada noche. En las noches Inuyasha ya estaba en casa cuando no serían ni las 9 y le hacía el amor hasta que ella le rogaba que la dejara descansar. Aquellos tres años que habían pasado separados les habían costado a ambos un montón de experiencias y vivencias, y él no quería perderse ninguna, por lo que trataba de estar con Kagome el mayor tiempo posible. Tales momentos le recordaban infaliblemente sus días con Kikyo, y cómo eran así de pasionales antes que sus destinos se torcieran. Ahora sus noches eran una de las cosas que extrañaba desde ya en ese viaje.

En su camino de vez en cuando se encontraban con algún Youkai destrozado, descuartizado o cortado de alguna manera por el camino. Ningún Youkai con el que Aizen se hubo encontrado pudo con él por lo que se veía. Y no pudo ser nadie más que Aizen pues Orihime reconocía su reiatsu restante en los cortes, e Inuyasha aun sentía su olor en los lugares por los que iban. Era casi evidente que el ser se dirigía hacia la antigua aldea de exterminadores, cerca de aquella cueva en donde la antigua sacerdotisa Midoriko estaba petrificada junto a todos aquellos Youkai petrificados con ella. De alguna manera, tanto Inuyasha como Kagome supusieron que allí se dirigiría Aizen, que les había demostrado tener más de una maña y ser más inteligente que muchos. Esa era una de las razones por las que Inuyasha iba muy inquieto. Cuando Kagome le pregunto la razón, él solo respondió "Un mal presentimiento."

En el camino también aprovecharon para saber más de sus compañeros de viaje, como si se tratara de una excursión en busca de un objeto preciado, pero en su caso el objeto estaba vivo y era maléfico. Experto en eludir y engañar.

—¿Cómo te convertiste en Shinigami, Ichigo-kun? —le preguntó Kagome mientras caminaban.

—Es una larga historia.

—Nuestro viaje será largo —le respondió Kagome, riendo ante su simple respuesta.

—Viéndolo así…

Ichigo le relató a Kagome, consciente que Inuyasha también lo estaba escuchando, cómo obtuvo sus poderes Shinigami a los quince años, gracias a la ayuda de su amiga Kuchiki Rukia. Le contó de su trabajo como Shinigami Sustituto en Karakura, su pueblo, y cómo perdió sus poderes Shinigami una vez, tratando de detener a Aizen.

—Kurosaki-kun estaba muy deprimido —siguió contando Orihime—. Pero Kuchiki-san y los demás lo ayudaron a recuperar sus poderes otra vez.

—¿Tuviste que sacrificar tus poderes? —preguntó Kagome—. ¿Tan poderoso era ese Aizen?

—Bastante —respondió Ichigo con gravedad—. Ni siquiera junto a nuestros amigos en la Sociedad de Almas, atacando juntos, pudieron hacerle un rasguño. Aizen era demasiado hábil y escurridizo. Y las técnicas de su Zanpakutou lo ayudaban a engañar a cualquiera.

—¿Zanpakutou?

—Es ésta…

Ichigo le señaló a Kagome la espada en su espalda y Kagome la miró bien por primera vez, muy sorprendida.

—Las Zampakutou son el arma que los Shinigami poseemos —le explicó Ichigo—. Cada Shinigami posee su respectiva Zanpakutou para poder despachar a las almas de los que han muerto hacia la Sociedad de Almas, y cada Zanpakutou tiene una habilidad precisa dependiendo de cada Shinigami.

Ichigo no era ni fue jamás de explicar las cosas. Pero no le molestaba en lo absoluto el tener que explicarle esas cosas a Kagome que, por las caras que ponía, era el mejor público para tal historia.

—Entonces la Zanpakutou de Aizen les complicaba mucho las cosas… —recapituló Kagome.

—Si. La habilidad de su Zanpakutou era la de producir alucinaciones tan reales que engañaban a todos los sentidos de los que estaban bajo su influencia.

—Suena aterrador…

—Lo fue —dijo Orihime—. Les fue muy difícil derrotarlo la primera vez…

—¿Pero luego recuperaste tus poderes, Ichigo-kun? —siguió preguntando Kagome.

—Una vez más gracias a Rukia y a mis camaradas en la Sociedad de Almas. Luego pasaron otras cosas. Acabamos de librar una guerra con los Quincies y…

—¿Una guerra?

Una vez más entre Ichigo y Orihime le explicaron a Kagome lo de la guerra con los Quincies que había terminado no hacía mucho y en la que habían perdido a mucha gente que apreciaban.

—Todo eso es muy impresionante —dijo Kagome, sorprendida por las aventuras obviamente resumidas de Ichigo y Orihime y con respeto por lo demás—. Y tú Orihime-chan, cómo lograste obtener tus… ¿Cómo se llaman? —le preguntó Kagome.

—¿Estas? Son mis Shun Shun Rikka —señaló Orihime, tocando a sus Rikka en sus prendedores de cabello y desplegándolos a su alrededor mientras caminaba. Seis pequeños brillantes seres estaban volando a su alrededor—. Como les dije puedo rechazar casi cualquier evento con ellos.

—¿Cómo funciona eso?

—Mmm… Por ponerte un ejemplo: si estuviese herida con un profundo corte, simplemente despliego a Shun'o y a Ayame… —mientras decía eso, dos de las seis brillantes formas volando a su alrededor formaron un óvalo resplandeciente alrededor de su brazo extendido para ilustrar su función—, y con ellos puedo curar casi cualquier cosa.

—¿Cualquier cosa?

—Casi. Hay algunas heridas que son más difíciles que otras. Luego también con las otras puedo conjurar escudos poderosísimos y otras cosas más…

—Eso es sorprendente, Orihime-chan…

—Y tú Kagome, ¿Cómo llegaste aquí? —le preguntó Ichigo.

—Fue muy confuso. Un día mi gato se metió en la pagoda donde estaba el pozo de mi casa y mi hermano tenía miedo de sacarlo y…

Kagome les relató las circunstancias en las que viajó por el tiempo, a través del pozo y cómo conoció a Inuyasha.

[​IMG]

—Vaya, no se llevaban tan bien al conocerse —observó Ichigo al conocer más de cómo les pasaron las cosas.

—Nop. De hecho Inuyasha no dudaba en atacarme con todo lo que tenía, antes que lo pudiera domar con su Kotodama no Nenju —les dijo Kagome con orgullo.

—¡Keh!

—¿Te refieres a esas kotodamas y magatamas en el cuello de Inuyasha? —preguntó Orihime señalando las esferas y esferas con punta que formaban el collar que Inuyasha traía en el cuello. Por alguna razón, Orihime ya no usaba honoríficos con Inuyasha, pero este ni lo notó.

—Sip. Gracias a ellos puedo detener o castigar a Inuyasha sólo diciendo "Osuwari".

E Inuyasha cayó al suelo de cara una vez más.

—¡Demonios, Kagome!

—Perdóname Inuyasha, a veces pasa.

Siguieron contándose casi todo cuanto podían. El rescate de Rukia y el rescate de Orihime por Ichigo y sus amigos, y cómo ambas situaciones fueron orquestadas por Aizen, así como algo de la reciente Guerra de los mil Años con los Quincies. Mientras que Kagome les contó de sus aventuras de hacía tres años junto a Inuyasha, Miroku, Sango, Shippou y Kirara, en busca de Naraku y la perla de Shikon, por aquellos tiempos rota y fragmentada por todo el país.

Fueron tres días de camino que pasaron de aquella forma hasta que por fin llegaron al sitio donde estaba la antigua aldea de exterminadores. Al verla a lo lejos ni Orihime ni Ichigo sentían el reiatsu de Aizen cerca. ¿Acaso no estaba allí?

—¿Esta es la aldea? —preguntó Ichigo.

—Así es —corroboró Kagome—. Es la aldea de Sango-chan y muy cerca de aquí… —Kagome miró hacia unos árboles delante de ellos y a un lado de la aldea—. Fue también donde la Shikon no Tama fue creada…

Ichigo y Orihime estaban muy atentos a ello. Kagome también les había contado acerca de aquella antigua joya, a la que habían querido obtener para poder frustrar los planes de su viejo enemigo Naraku, entre otras cosas. Además Ichigo tenía muy presente el posible objetivo de Aizen en aquella época.

—Kagome, vamos a ver la aldea —dijo Inuyasha, agachándose para que Kagome se trepara en su espalda.

—Es cierto —respondió ella, subiendo a su espalda y comprendiendo la preocupación de Inuyasha, pues seguro que este había pensado en Kohaku, que solía ir por esa aldea a menudo para abastecerse de venenos y explosivos. Antes que Inuyasha comenzara a correr, Kagome les indicó con una seña a los desconcertados Ichigo y Orihime para que los siguieran

Mientras Kagome e Inuyasha se alejaban a grandes saltos notaron que Ichigo los seguía de igual manera, sólo que Orihime, en vez de ir sujetándose cómodamente a la espalda de Ichigo, iba colgando en su hombro derecho, pues Ichigo la había cargado con un solo brazo en su hombro y emprendido el vuelo. Kagome e Inuyasha los miraron sorprendidos, y mucho más cuando Ichigo los miró con expresión despreocupada mientras que Orihime, de espaldas a él, sólo intentaba tapar lo roja que se había puesto su cara.

No dándole más vueltas al asunto llegaron pronto a la aldea. Esta, hacía tiempo deshabitada, no parecía haber sido tocada en absoluto por ninguna fuerza sobrenatural, ni Youkai ni espiritual. De inmediato Inuyasha cambio de rumbo antes de entrar a la aldea por su amurallada entrada y se lanzó en dirección hacia donde sabía que estaba la cueva donde estaban los restos de Midoriko en su lucha contra los Youkai. Notó de inmediato que Ichigo lo iba siguiendo pisándole los talones. No parecía tener intención de quedarse de ninguna manera rezagado.

Ichigo lo tenía muy claro: Inuyasha no era santo de su devoción. Y no veía que podía haber visto Mee-chan en un tipo como él, pero trataba de entenderla, porque de lo que Ichigo podía estar seguro era que Kagome adoraba a Inuyasha. E Inuyasha también la adoraba a ella. Y a Ichigo no le cupo duda que si existiera alguna vez alguien que pudiera darle lecciones sobre cómo proteger a una mujer, ése era el hombre de cabello plateado y orejas de perro que saltaba un poco más adelante que él.

Rápido llegaron a la cueva, pero estando ya a varios metros de la entrada de inmediato los cuatro notaron algo extraño en el ambiente alrededor. Inuyasha y Kagome notaron que la usual barrera translúcida en la entrada de la cueva, que impedía a los seres con pensamientos impuros de pasar al interior, no era la misma. Más bien ahora era más poderosa, pero la energía que emitía no era sólo del tipo espiritual, sino definitivamente parecía más agresiva. Parecida al campo de energía que Naraku solía conjurar a su alrededor para protegerse cuando aún vivía.

Ichigo y Orihime no habían visto muchas de esas barreras en su vida, pero a Orihime la asaltó el recuerdo de una parecida. Ichigo la bajó de su hombro con delicadeza, y ella se acercó a la entrada de la cueva, pasando la mano cerca de aquella pared transparente y sólida, sin tocarla.

—Esta es una barrera hecha con Kidou, Kurosaki-kun —dictaminó Orihime,

—Vaya, ¿Puedes reconocer una? —preguntó Ichigo sorprendido. Orihime era buena en todo, pero siempre lo sorprendía más.

—Sí. Recuerdo haber visto una parecida, pero no tan poderosa —respondió Orihime—. Aquella vez cuando Hacchi-san y los demás te enseñaban a dominar tu máscara, Kurosaki-kun.

Ichigo cayó en la cuenta de aquellos tiempos cuando el hollow en su interior amenazaba con tomar posesión de su cuerpo si no recibía la oportuna ayuda de Hirako Shinji y el resto de los Vizards para poder controlar al hollow. ¿La barrera ante él era igual entonces?

Inuyasha también se había agachado para dejar que Kagome se bajara de su espalda, y con autoridad habló:

—Apártense.

—No intentes nada, no funcionará —le advirtió Ichigo, con voz aburrida sin mirarlo. Pero Inuyasha simplemente hizo una mueca desdeñosa y se lanzó de un salto hacia la entrada.

—¡Diablos!

Ichigo apartó a Orihime a tiempo, para que el cuerpo de Inuyasha pasara por donde ellos habían estado sólo unos segundos antes. Pero Inuyasha llegó a la entrada, alargó hacia atrás su brazo derecho y le dio un zarpazo a aquella pared transparente y brillante.

No hubo éxito, porque en cuanto su brazo y sus garras tocaron la barrera, esta lo repelió como si nada, arrojando a Inuyasha hacia atrás muy lejos hasta que se estrelló con estrepito contra los arboles del bosque, partiendo en el acto varios troncos con su cuerpo.

—¡Inuyasha! —gritó Kagome preocupada, y corrió hacia donde, entre los troncos y árboles derribados, Inuyasha se incorporaba con rabia.

—Demonios…

Y para sorpresa de Ichigo y Orihime, de la funda de su espada desenvainó una katana tan grande que parecía un colmillo gigante. Era tan grande como Inuyasha mismo, y mientras Kagome llegaba a su lado y le rodeaba los hombros con sus brazos, preguntándole si estaban bien, esa espada tan grande comenzó a irradiar un resplandor amarillo.

—¿El Viento Cortante? ¡No puedes Inuyasha! Los restos de Midoriko-sama están allí dentro! —le recordó Kagome, angustiada.

Ichigo y Orihime no lo entendían, pero algo parecido al instinto le decía a Ichigo que debía apartarse. Si Inuyasha hacia su movimiento, tanto él como Orihime se verían envueltos en lo que fuera que estuviera tramando, y siguiendo a ese instinto Ichigo agarro a Orihime por la cintura y levantándola con él se la llevo de varios saltos hasta estar junto a Inuyasha y Kagome.

—¡No tenemos opción, Kagome! Esa barrera es fuerte. Se parece a esa que Aizen creo cuando lo conocimos —le recordó Inuyasha, sosteniendo a su enorme Tessaiga con ambas manos.

—Se parece… ¡eso es! —recordó Kagome, y de pronto tomó el arco de su hombro y sacó una flecha del carcaj en su espalda, mientras decía—: ¡Osuwari!

Inmediatamente Inuyasha cayó al suelo de cara, mientras Kagome apuntaba con su arco hacia la entrada de la cueva. Ichigo y Orihime los miraban sin perder detalle.

—¡Aquí va! —exclamó Kagome.

La flecha salió disparada a gran velocidad, y emanó de ella una cálida y bonita luz rosada, e impactó contra la pared transparente destruyéndola en el acto.

—¡Bien! ¿Ves que no hacía falta destruir nada? —jugueteo Kagome acuclillándose para jugar con Inuyasha alegremente.

—KA-GO-MEEEE —Inuyasha, aun con la cara en el suelo, sólo acertó a gruñir.

¿Qué diablos había sido eso? Ichigo no podía creerlo. ¿Kagome poseía tales poderes? Y no parecía agotada ni agitada en lo más mínimo, así que para ella debió ser tan fácil como respirar. Ichigo no se lo creía a pesar de haberlo visto.

Y Orihime tampoco. Observó la entrada de la cueva y a Kagome con creciente admiración. Tanto por su habilidad con el arco, como por su dominio total de Inuyasha, al que Orihime aun veía como un espíritu libre, o casi…

¡Osuwari! —probó Orihime alegremente, para ver si Inuyasha, ya levantado, volvía a obedecer a esa orden.

Inuyasha, que había estado mirando a la cueva con el fuego en los ojos, al oír el Osuwari de Orihime, la miró. Su expresión gatuna, y la sonrisa de ilusión en sus ojos eran suficiente. No pudo enojarse con ella.

—¡Keh! ¡Chica boba, eso sólo funciona con Kagome! —le dijo orgulloso, Inuyasha.

—¿En serio? Qué mala suerte —respondió Orihime con tristeza.

—Inuyasha… —Kagome lo miraba con los ojos brillantes de adoración y felicidad al oír sus palabras.

—Inoue… —A Ichigo Orihime lo sorprendía cada vez más, y le gustaba que fuera tan espontánea y valiente. Sólo pudo sonreírle a esa chica que tantas risas le provocaba a diario.

Sosegados, los cuatro miraron con aprensión de nuevo hacia la ahora libre entrada a la cueva. A Inuyasha le llegó el inconfundible olor de Aizen casi de inmediato, y tanto Orihime como Ichigo y Kagome notaron esa ominosa presencia, tan pesada que Aizen poseía, disipándoles toda duda. De alguna manera, Aizen se había escapado de la Sociedad de Almas.

—¡Bien!

Inuyasha se lanzó de golpe hacia la entrada y penetró en la cueva a grandes saltos. Ichigo hizo lo mismo, mientras tanto Kagome como Orihime los llamaban a los gritos para que las esperaran.

Inuyasha e Ichigo recorrían la cueva lado a lado, a grandes saltos. Ya no les importaba picarse mutuamente sobre quien iba primero ni a dónde. Sólo querían detener la amenaza que se cernía sobre ellos adelante, y pronto llegaron al corazón de la cueva, donde al principio no vieron más que la imponente figura de Midoriko siendo devorada por los Youkai. Pero pronto notaron que, sentado a los pies de la hermosa antigua sacerdotisa petrificada y contemplándola con toda la naturalidad del mundo, estaba Aizen. Sin su capucha, y exhibiendo su patentada sonrisa de sabida superioridad. Se dio la vuelta para dar a bienvenida a los recién llegados.

—No podían haber llegado en mejor momento. El héroe de la Sociedad de Almas, y el Hanyou de más renombre de la historia. Son un gran público para el espectáculo que se avecina.

Aizen dijo eso sin el menor signo de duda o vacilación al tener a Ichigo e Inuyasha allí. No parecía ni remotamente sorprendido por enterarse que Ichigo había hecho el viaje de quinientos años solo para detenerlo, si acaso más bien parecía habérselo estado esperando. Y con la mayor de las tranquilidades se dio vuelta otra vez, aun sentado, para ver a Midoriko.

—Aizen, ¡esta vez te detendré de una vez por todas! —declaró Ichigo con las manos dirigiéndose a su espalda.

—No dejaré que las cosas te salgan como quieras, cabrón —gruñó a su vez Inuyasha, empuñando a Tessaiga contra Aizen.

—Cielos. Miren que son insistentes, a pesar de que ninguno pudo derrotarme por completo jamás. Pero no se agobien, antes de que mi espectáculo inicie les daré una breve introducción sobre lo que pasará.

Dijo Aizen, sin molestarse en volverse hacia ellos. Seguía contemplando a Midoriko con embeleso.

—Esta es la mayor de las sacerdotisas que ha existido. Su poder espiritual era tan grande que pudo condensarse y fusionarse con el de los Youkai que estaban aquí atacándola, para poder crear aquella legendaria joya. Si… El agujero en su pecho debió ser donde… —Inevitablemente Ichigo e Inuyasha miraron en esa dirección para ver el hueco en el pecho de Midoriko—. En mi poder tuve una vez una joya parecida, producto de años de incansable investigación. Pero su poder no podía compararse ni de lejos con el de ésta, capaz de conceder cualquier deseo, capaz de cualquier transformación o mutación, y sorprendentemente letal dependiendo de las manos en las que esté….

Inuyasha e Ichigo no se atrevían a despacharle ningún ataque por temor y respeto al sitio en el que estaban, pero Inuyasha iba perdiendo los estribos a cada palabra que decía Aizen, tan tranquilamente.

—Y ahora, le pediré a mi imitación de la Shikon no Tama, a este nuevo "Orbe de Destrucción" —de pronto Aizen se levantó y sacó de entre los pliegues de su túnica negra una roca parecida a un diamante—, que me conceda un único deseo, y con ayuda de mi reiatsu lo nutriré para conseguirlo —diciendo eso, Aizen ascendió hacia Midoriko y depositó el diamante en el orificio que había en el pecho de la petrificada sacerdotisa.

De inmediato la blanca joya comenzó a brillar, y la luz blanca cegadora les nubló la vista a Ichigo e Inuyasha a pesar de conservar una prudente distancia.

—¡Mierda! ¿Qué está haciendo ese bastardo?

—No lo sé, ¡pero no puede ser bueno!

Ambos muchachos se taparon la cara del cegador resplandor con las mangas de sus túnicas. Alrededor ambos sentían que las cosas no iban a mejorar.

—¡Inuyasha!

—¡Kurosaki-kun!

Kagome y Orihime habían llegado por la larga entrada de la cueva, muy cansadas, hasta el centro. Y con preocupación miraron cómo la luz blanca se comía todo con su resplandor.

—¡Salgan de aquí!

Sin ninguna delicadeza, Inuyasha les ladró que se fueran, muerto de preocupación al ver que la luz blanca, se transformaba luego al morado, y luego a un rosa perlado. Mientras el ambiente dentro de la cueva se hacía de pronto insoportable cuando la energía de Aizen les caía encima una vez más como de seguro el peso de todo en el mundo lo haría.

—Así es, el deseo correcto.

Escucharon la profunda voz de Aizen, salida de alguna parte entre ese rosado ambiente, y eso hizo que los cuatro se preocuparan aún más. Mientras que Kagome notó cómo una presencia conocida se materializaba en el espacio en que estaban y sintió que se le doblaban las rodillas por el shock.

—¡Inuyasha! ¡Siento la presencia de la Perla!

—¡Mierda!

Ichigo podía sentirla también. Era algo sumamente desconcertante, pues jamás había sentido nada parecido. Ni siquiera sabía cómo definir la sensación de aquella presencia. Pero luego notó otra cosa. La presencia de la espada de Inuyasha, a la que recordó cuando este la desenvaino fuera de la cueva y que ahora pulsaba como un corazón.

—¡Los destruiré a ambos ahora!

—¡Inuyasha, no!

¡Kaze no Kizu!

El resplandor dorado apareció entre la rosada luz que lo cubría todo y viajó desde el punto donde debía estar Inuyasha, permitiéndoles al fin ver algo entre tanto estropicio. Los relámpagos dorados se dirigieron raudos hacia el origen de la luz rosa. Pero luego, sin previo aviso, una esfera transparente y de un rosa brillante se desplegó desde el interior de la luz, e interceptó el ataque que Inuyasha les había lanzado, repeliéndolo contra las paredes y el techo de la cueva, que comenzaron a derrumbarse con los impactos.

—Tan impaciente como siempre… Inuyasha…

Aquella odiosa voz les mandó escalofríos desde la coronilla hasta las plantas de los pies a todos los presentes, mientras Inuyasha escupía al suelo de rabia.

—¡Maldición! ¡¿Qué haces tú aquí!?

Ichigo no podía entender la rabia y el odio en la voz de Inuyasha hacia el que hubiese pronunciado aquella burla. Pero podía decir que por su presencia y por el escalofrió que le recorrió la espina, que las cosas sólo iban a empeorar más y más.

—¡Naraku, te voy a regresar al infierno!

—Como no has aprendido nada de paciencia, ¡Una vez más experimentarás el poder de tu espada contra ti y tus amigos!

De la brillante esfera por la que aquella voz salía, comenzaron a salir relámpagos dorados como el que Inuyasha le había lanzado antes, y ahora volaban en todas direcciones, destruyendo lo poco que se podía ver en la cueva. Los restos de los youkai petrificados, las figuras de piedra con formas de vida de antaño. La figura de Midoriko había desaparecido, pues desde que los dorados relámpagos del Viento Cortante iluminaron el lugar, su congelada figura ya no estaba a la vista.

—¡Inoue, usa tus Rikka! —gritó Ichigo preocupado, lanzándose hacia donde debían estar Orihime y Kagome. Pero allí no encontró a nadie. Sólo las oyó gritar su nombre y el de Inuyasha en medio de tanta luz y las explosiones por doquier. El estruendo era ensordecedor. Pero la voz del nuevo ser que Inuyasha llamaba Naraku se podía oír perfectamente.

—Pero me parece que no es suficiente. Les mostraré algo que no pude demostrar en nuestro último encuentro. Es un ataque sumamente especial, y estoy seguro que les gustará tanto como a mí —se burló Naraku, con diversión en la voz.

Incrédulo, Ichigo seguía buscando a Orihime y Kagome, y podía oír cómo Inuyasha las llamaba a voces también. Ellas gritaban sus nombres pero no se podía distinguir donde demonios estaban. Era como si la realidad se hubiese distorsionado. Y de pronto todo allí saltó: el piso de piedra y las paredes, los restos de los Youkai muertos y petrificados, sus propios cuerpos se elevaron en el aire junto a un remolino de tierra y rocas. Los cuatro fueron lanzados por el aire, contorsionándose y gritando mientras, al romperse la cueva desde sus cimientos, se abrieron paso hacia el soleado exterior junto al montón de rocas y tierra que volaban junto a ellos.

Salieron volando por los aires hacia un destino desconocido, sin conocimiento.

El ultimo pensamiento de Inuyasha mientras volaba por el aire, luchaba por mantenerse despierto y lo golpeaban las rocas, fue en Kagome, y que debía llegar hasta ella a como diera lugar. Pero de pronto, de entre los restos de la cueva a los que podía ver apenas entre el humo, el polvo y la altura, hubo una segunda explosión, pero esta vez de un Shouki color purpura, conocido y letal. Y ya no le cupieron dudas. Junto a la Shikon no Tama, Naraku también había regresado a este mundo.

La nube del peligroso miasma lo alcanzó en el aire, e Inuyasha perdió el conocimiento.

Login Form

CrewChat